“La leyenda del ladrón”: el poder de los documentos

La Sevilla de finales del siglo XVI sirve como telón de fondo al desarrollo de la acción narrada en “La leyenda del ladrón”, novela escrita por Juan Gómez-Jurado y publicada en Leyenda del ladrón2012. No nos encontramos ante un relato en el que los archivos adquieran un papel principal. Sin embargo, la vida, amores y correrías de Sancho de Écija–un huérfano defensor de los desfavorecidos que sueña con llegar algún día a las Indias– está jalonada de instantes en los que los documentos se convierten en elementos esenciales para el desarrollo de la trama. Tanto es así, que el asunto central abordado en la narración –que no desvelaremos para animar a su lectura– se desarrolla a partir del robo de unos documentos.

El robo de documentos
La sustracción de un cartapacio de piel centra buena parte de la acción y desencadena los acontecimientos que cambiarán para siempre las vidas de Sancho de Écija y de Bartolo, un maestro de ladrones que abrirá los ojos del joven protagonista a una nueva Sevilla desconocida hasta entonces para el joven. Porque aquel hábil malhechor mostraría en el mismo entorno una nueva realidad ya que, com decía a su pupilo, sólo “…cuando aprendas a mirar, aprenderás a vivir…” (p. 132).
La carpeta robada contenía una serie de declaraciones juradas que ponían en duda la reputación de un miembro de la Casa de Contratación. Su hurto, por tanto, suponía un grave peligro, pues cualquiera podría tener acceso a aquella comprometida información. Porque sí…la trágica naturaleza de los hechos que desencadenará aquel robo pone de manifiesto lo importantes que son los documentos y la trascendencia que tiene dejar algo por escrito. En definitiva, como afirmó Francis Bacon, la información es poder, y, desde luego, ésta nunca tuvo tanta relevancia como en esta historia de ladrones.

Las cédulas de propiedad: los esclavos
La esclavitud está presente en la novela de manera reiterada. Por un lado, a través de la experiencia de Josué, un hombre raptado por negreros y vendido como esclavo en la capital hispalense. El encuentro de Sancho de Écija y Josué se produce cuando ambos están cumpliendo sus penas en galeras. Ahí, en un ambiente poco propicio, surgirá una estrecha amistad que sobrevivirá a su condena.
En la Edad Moderna, cada esclavo debía portar una cédula en la que quedaba reflejada a quien pertenecía. Este sistema de control queda perfectamente reflejado en la novela. “¿Y dónde está su cédula de propiedad?” Ante esta pregunta efectuada por un guardia en la puerta de la ciudad, la respuesta es clara: “…El escribano la está redactando…”. A través de esta contestación se afirma el importante papel que desempeñaban los escribanos en la génesis documental, especialmente en la conscriptio. Pero, no será esta la única ocasión en que aprezcan los escribanos en el relato…aunque, como veremos a continuación, no siempre relacionados con acciones lícitas.
Pero la esclavitud también es representada en esta obra por medio del personaje femenino principal: Clara, esclava de uno de los hombres de negocios más importantes de Sevilla. Ésta obtiene una opción de libertad a través del testamento otorgado por un médico del que es aprediz. Ese instrumento público adquiere un papel central en buena parte de la trama, estudiándose con detalle las condiciones y cláusulas del mismo, puesto que, como puede adivinarse, el amo no está dispuesto a perder su propiedad.

La falsificación de documentos
Es aludida en varias ocasiones en el texto. Primero en la Plaza de San Francisco se refiere a la expedición de un falso título de hidalguía: “…cerca de los puestos de los escribanos aquel señor engolado de las calzas le vende a un plebeyo de provincias un título de hidalguía igualito al que vendió ayer a otro tan plebeyo y tan bobo como ése” (p. 132).
Posteriormente, el acto de falsificación es mejor descrito. Así, un escribano entra en acción portando los instrumentos propios de su profesión “…su escribanía portatil, su resma de papel y sus frasquitos de bronce rellenos de tinta de varios colores…” (p. 391), realizando la acciones que definen su actividad: “…Tomó una pluma y la afiló con una diminuta navaja, atacando enseguida el papel con una caligrafía decidida y elegante…” (p. 391) ¿Letra procesal? Probablemente al ser éste el tipo de grafía generalizado entre los escribanos a finales del siglo XVI, espacio temporal en el que se desarrolla la acción de “La leyenda del ladrón”. Finalmente, el notario remata su faena: “…Tomó arena de un saquito y la espolvoreó sobre los papeles en los que había estado trabajando. Los sopló con cuidado, dejando que la fina arena absorbiese la tinta…” (p. 392). El resultado de su minucioso trabajo fue doble. De este modo, redactó el documento de compra de un esclavo, incluyendo un falso sello de la Casa de Contratación; y el documento privado por el que el esclavo compraba su libertad. Dos instrumentos escriturados que forman parte de la historia española de la Edad Moderna, en la que era frecuente la existencia de población esclava y, por tanto, también era habitual la documentación que su existencia generaba.

En definitiva, escribanos, falsificaciones de documentos, testamentos, cédulas de propiedad, cartas de libretad, declaraciones, tintas y papel se dan cita en “La leyenda del ladrón”, contribuyendo no sólo a ambientar lo narrado, sino a ratificar el importante cometido que desempeñan los documentos convirtiéndose en verdaderos reflejos de la propia vida, en tanto en cuanto en ellos son vertidos en forma textual los acontecimientos más importantes de nuestra existencia.


Nota: Las páginas aludidas en el texto se corresponden con la edición de la novela publicada por Círculo de lectores.


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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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