El valor [¿económico?] de los archivos

En los últimos tiempos es muy habitual leer entre las noticias del día artículos en los que se anuncia y comenta la puesta a la venta de un documento singular, una agrupación documental o, incluso, aunque es esto menos frecuente, las transacciones económicas que giran alrededor de un fondo documental completo. Todo ello teniendo en cuenta que no es la adquisición la vía de ingreso más habitual en los centros archivisticos, probablemente por el hecho de que se trabaja más con agrupaciones completas -menos integradas en los circuitos comerciales-, que con piezas documentales individuales que, salvo que vengan a completar un fondo preexistente del que fueron desagregados, tienen asociado el problema de la descontextualización.
vendidoAl margen de la polémica que suele acompañar a este tipo de actividades comerciales –tal como sucedió recientemente con la puesta a la venta de lotes de documentación del pintor Ràfols-Casamada–, llama la atención que el valor económico de estos objetos sea relativamente alto y se esté dispuesto a pagar una suma de dinero bastante elevada por ellos, y, sin embargo, esta actitud conviva con el escaso aprecio que habitualmente, y en general, se hace de los documentos. Éstos, por arte de magia, abandonan esa categoría de “papeles viejos” con la que habitualmente se hace referencia a ellos, para transformarse, en el contexto glamuroso de una exquisita subasta, en “documentos antiguos” de gran valor… de gran valor económico, claro está. Desde cientificos, como Einsten, hasta escritores, como García Márquez; desde miembros de la realeza, como Lady Diana, a actrices, como Marilyn Monroe; desde testimonios de notables hechos historicos hasta amorosas vanalidades… Sí, toda evidencia escrita no solo parece interesar, sino que ademas se convierte en “interesante”, cuando hay posibilidad de que proporcione una cantidad aceptable de dinero.
Pero echemos un vistazo a los precios en que en los ultimos tiempos han sido puestos a la venta algunos de esos valiosos documentos que abandonan su “polvorienta” realidad cuando el mazo del maestro de ceremonias de una subasta entra en acción o el experto en marketing, que también los hay, empiezan su campaña de venta. Es en ese momento cuando todos parecen descrubrir, utilizando un titulo muy televisivo, que dentro de cada documento hay una gran estrella:

  • En 2015 fue vendido en 3.060 € el primer lote de documentos del pintor Ràfols-Casamada
  • También en 2015 salieron a la venta por 56.000 € 34 cartas de Mallroy, primer alpinista en coronar en Everest.
  • La Casa de subastas Doyle (Nueva York, 2015) puso a la venta 25 cartas de amor de Frida Kalho a su amante Josep Bartolí, por un valor que se situó entre 80.000 y 120.0000 dolares.
  • Una Carta de Mozart fue vendida en octubre de 2015 en Boston por 217.000 dolares.
  • La Casa Bonhams ha sacado a subasta este mes de noviembre de 2015 el Prólogo escrito por Jorge Luis Borges para “Cronicas marcianas”, con un precio de salida entre 20.000-30.000 libras.
  • 27 cartas de Einstein fueron compradas por más de 420.000 dolares en junio de 2015 en la Casa de subastas Profiles in History (California).

Se gasta mucho dinero en la adquisición de documentos, de eso no cabe la menor duda. El interés real, el interés nacional, el afán coleccionista, la inversión económica  e incluso el fetichismo… cualquier cosa puede animar a comprar documentos. Es verdad que esa adquisición puede salvar en ocasiones el patrimonio documental y, en el mejor de los casos -unque no siempre-, puede facilitar que se haga accesible para todos. Pero, tal como afirmó la historiadora del arte Ángeles Alemán hace algunos años refiriéndose a las obras artísticas, “…no vale que la obra de arte [documento, en este caso] se haya convertido en el equivalente de un buen paquete de acciones…” (“El arte distorsionado”. En Rev. Vegueta, nº 0, p. 248). Ese valor económico tan elevado, ¿supone una contradicción con respecto a lo que se valora de manera real, incluso desde instancias oficiales, el patrimonio documental? ¿Por qué es tan complicado conseguir una subvención para conservar un patrimonio que, según todos los datos, tiene tanto valor? ¿Por qué no se invierte más en la adecuada preservación de un valor seguro como el documental?  Parece que en los entornos económicos son conocedores de la improtancia de este asunto… a ver cuando ese interés llega de manera real a otras instancias. Porque no sólo tienen valor las cartas de Lady Di o los prólogos escritos por grandes escritores. Hasta el más pequeño documento del más pequeño municipio ha de ser considerado un vestigio de nuestra historia y un depósito de nuestros derechos. El valor económico no es el único  que existe. Otros valores han de tomarse también en consideración, aunque no tengan tanto interés para los asiduos a las subasas. Pero.. ¡Cuánto podríamos hacer con 3 millores de euros -incluso con menos de la mitad- en cada uno de nuestros centros archivísticos!

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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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