Las huellas del éxodo: el archivo de los refugiados

El dramático éxodo sirio –representado de una manera muy triste por la fotografía del pequeño Aylan–, ha sido, sin duda, la noticia más importante de las últimas semanas. El masivo traslado de población a largo de miles de kilómetros ha sido una llamada de atención hacia la población mundial y, al mismo tiempo, ha servido para poner a prueba el compromiso y los discursos de los gobiernos de toda Europa. En una impactante fotografía –que es sólo la punta de ese sombrío iceberg del terror vivido en Siria, Afganistan, Eritrea, Nigeria…– ha quedado reflejada la desolación, la tristeza, el desánimo, el miedo, el odio, la vergüenza… convirtiéndose, paradójicamente, esa precoz muerte en una simbólica reivindicación de la vida. Es esta una imagen –junto a otras muchas de trenes y caminos atestados de seres humanos que lo han perdido casi todo huyendo de la guerra y buscando una vida mejor-, que hay que guardar en la retina porque de ellas hay mucho que aprender.

Este cruel trasiego de población generará infinidad de fotografías y gran cantidad de imágenes en moviento, unas veces tristes porque reproducen el caos, pero otras ocasiones alegres porque representan la llegada al destino deseado o la ayuda recibida por sus nuevos vecinos. El éxodo será también el origen de numerosos discursos y un sinfín de declaraciones oficiales de dirigentes de todo tipo de instituciones municipales, nacionales y supranacionales. Será el germen de cartas familiares, de diligencias, de autos judiciales, de solicitudes de asilo, de permisos de residencia. Será el punto de partida de conversaciones y de historias personales que se transmitirán, de manera oral, de generación en generación. Será también el motivo de infinidad de artículos, libros y reflexiones.

Archiveros sin Fronteras España (AsF): organización sin ánimo de lucro, para el desarrollo de proyectos de cooperación y solidaridad del ámbito de la archivística y el patrimonio. documental.

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Toda esta documentación, fruto de la guerra y la destrucción, pero también de la esperanza, quedará guardada en diferentes archivos formando parte de fondos públicos y de colecciones privadas. Los vestigios de esta tremenda historia -además de los existentes en sus países de origen que también es necesario preservar- quedarán disgregados en diferentes depósitos, en diferentes ciudades, en diferentes países, en diferentes viviendas familiares… Fragmentos documentales que no serán otra cosa que un reflejo de unas vidas también descompuestas, rotas y fragmentadas.

En el archivo quedan para siempre las imágenes, los sonidos, los textos, las palabras de este éxodo, como ya han quedado preservados otros que se dieron en el pasado. El archivo –donde debería resguardarse tanto lo que hemos visto como lo que no ha sido publicado ni dado a conocer-, se convierte en un medio a través del que conocer, pero también en un vehículo mediante el que aprender a no caer –o al menos intentarlo– en los mismos errores. Los archivos nos recuerdan el pasado porque en algún momento hubo alguien que se interesó por conservar el presente, aunque este presente nos resulte amargo, deplorable y vergonzoso.

Ante la magnitud de un drama humano de este calibre, en el que están en juego las vidas de muchos seres humanos, a algunos podrá parecer hasta cierto punto frívolo o secundario que alguien se ocupe de la importancia de preservar la documentación de la tragedia. Pero… ¿cómo si no dejar constancia de los acontecimientos sucedidos? ¿cómo obviar el hecho de que los archivos surgen para conservar, antes que nada, un presente con suficiente entidad como para pasar al futuro?

La vida demuestra ser muy dura en algunas ocasiones hasta tal punto que, como escribía Juan Cruz, “…la muerte de un niño es una afrenta, un grito de la vida contra la muerte…” (Un niño es el mundo entero, El país, 4 septiembre 2015). Pero esa vida, ese grito, también han de quedar vivos en los archivos en memoria de esos otros que, desafortunadamente, ya no podrán vivirla pero sí gritar su verdad a través de los documentos. Así, salvaguardando el presente, se podrá reconstruir su historia en el futuro, pero, sobre todo, conservando su memoria, podremos aprender y, así, alcanzar algún día un mundo mejor. Lo han perdido casi todo: no permitamos que también pierdan parte de su memoria.

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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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