El archivo y el archivero en el Día Internacional de los Archivos: lectura de “La templanza” en clave archivística

Coincidiendo con el Día Internacional de los Archivos nos ocuparemos de la última novela publicada por María Dueñas, escritora a la que ya hemos dedicado alguna otra entrada en este mismo blog. El nuevo libro –”La templanza“– no sólo supone un Templanzafantástico viaje a través de la azarosa trayectoria vital de su protagonista, Mauro Larrea, sino que sobre todo es una buena excusa para tratar sobre la presencia de los archivos y los archiveros en la literatura, y de cómo a través de la narración se puede poner de relieve la importancia y el valor que tienen los depósitos documentales como algo más que meros contenedores de papeles.

Como ya hemos señalado, María Dueñas ya rindió un gran homenaje a los archivos privados/personales en su obra “Misión olvido”. En aquella ocasión el archivo y los documentos se convertían en protagonistas principales de la historia narrada. Ahora, en “La templanza”, el archivo vuelve a estar presente. Es cierto que no queda reflejado con la misma extensión y desarrollo que en “Misión Olvido”, pero no por ello pierde interés su presencia en los primeros capítulos de la obra.

Si en “Misión olvido” el archivo personal de Andrés Fontana era el eje de la novela, en esta ocasión, el lector tendrá su centro de atención, a lo largo de buena parte de las 100 primeras páginas del libro, en un archivo institucional: el archivo de la Junta de Minería, unidad documental situada en el mexicano Palacio de Minería a la que Mauro Larrea acudirá en busca de un expediente que, de ser accesible para sus adversarios empresariales, supondría una gran merma para sus intereses económicos.

ColegioMineriaDF

Palacio de Minería (México)

Así, ni corto ni perezoso Larrea visita el archivo con la única intención de hacer desaparecer dicho documento. Éste debería integrar la serie documental “expedientes de denuncio”, serie generada a raiz de la petición de un derecho de explotación de una mina previo a la concesión de dicho derecho. En este tipo de documentos se incluyen todo tipo de noticias e informes sobre la mina, las posibilidades de extracción que ésta presenta y la calidad del material que puede ser extraido. Por lo tanto, se trataba de expedientes de gran valor para todos los interesados en la minería como actividad económica. Pero tenían un problema: los derechos de explotación tenían caducidad, pero la información que contenían los documentos que integraban los expedientes era de gran valor. De ahí que fuera necesario eliminar cualquier rastro de los mismos, y más si había caducado el derecho sin haberse ejercitado. Aunque la primera intención del protagonista pasaba por “retirar” el documento del archivo con la colaboración de los archiveros, la rotunda  negativa de los funcionarios a acceder a sus deseos -ante la ausencia del archivero jefe- le obligará a utilizar otros medios algo menos ortodoxos y más criticables para extraer –o mejor sustraer– de aquel aparentemente inexpugnable depósito documental los papeles que deseaba. ¿La forma en que consiguió su propósito? Sin duda alguna muy poco conforme a las normas… pero para conocerla nada mejor que leer la novela.

Así, aunque invitamos a su lectura, olvidaremos momentáneamente esa aventurera e interesante historia, y nos adetendremos en los aspectos archivísticos de la novela:

  • El archivo como depósito de la memoria y de la historia:
    “…miles de legajos, cédulas y actas de posesión capaces de ofecer a quien tuviera la paciencia de leerlos un paseo pormenorizado por la ancha trayectoria de la minería mexicana desde la colonia hasta el presente…” (p. 63)

    Con estas palabras queda patente la identificación del archivo con la “casa de la memoria”. El depósito del archivo retenía la historia. Los documentos custodiados contenína una preciosa información: eran la memoria de la minería mejicana y, por ello, era ncesario mantenerlos seguros y a buen recaudo, en una cámara con doble llave y en vitrinas cerradas lejos de manos extrañas y con dudosas intenciones.

  • El archivo como depóstio de derechos y obligaciones: A través de los expedientes de denuncio se hace alusión a uno de los valores de mayor interés que presentan los archivos. En efecto, esos documentos eran una fuente de derechos y obligaciones para sus actores. Concedía derechos previos a la explotación, pero también obligaba a desarrollar las acciones en un tiempo preciso. Su caducidad suponía la pérdida de los derechos adquiridos de manera previa. El archivo se convierte así en la “morada de los derechos”. Los documentos se erigen en verdaderas pruebas para reivindicar un derecho.
  • Una pieza clave, el archivero: uno de los personajes de esta sección de la novela es don Ovidio Calleja, superintendente del archivo de la Junta de Minería. Su condición de archivero lo hace portador de información de gran interés, puesto que por sus manos pasaban a diario gran cantidad de expedientes. Tener información lo convierte en un hombre poderoso y ese poder, mal empleado, puede convertir a un hombre recto en un corrupto. El perfil positivo con que se presenta el archivero rápidamente pierde brillo:
    “…entre las docenas de papeles que a diario pasaban por sus manos, pusiera o quitara una fecha acá o un sello allá, diera por traspapelado algún asunto o mirara hacia el lado contrario al que debería mirar” (p. 69)

    Este fragmento bien podría ser el pie de foto para una imagen que hace pocos días circulaba en las redes sociales en la que precisamente se bromeaba con ese poder, advirtiendo que había que tratar bien al archivero porque podía hacerte desaparecer de la historia. Es evidente que no hay que perder la pespectiva y lo que es una broma hay que tomarla como tal, pero, en relación con esto, es indiscutible que la imagen del archivero corrupto que, tal como se nos muestra en la novela, a cambio de “favores documentales” recibía regalos y dinero, no es más que la expresión de un sistema social y político indeseable propio –en teoría– de épocas pasadas.

Hoy, que celebramos el Día Internacional de los Archivos, y siempre, los archiveros debemos aspirar a convertirnos en el polo opuesto de lo que se había convertido el ficticio Ovidio Calleja de “La templanza”. Los archiveros debemos brillar por nuestro papel como defensores de los documentos en tanto en cuanto éstos son depositarios de derechos, ser activos indispensables en la gestión de la transparencia y convertirnos en poderosos agentes conservadores y gestores de la memoria. Sólo así contribuiremos a que el mundo sea mejor y haremos que el Día de los Archivos sea un día festivo que merezca la pena celebrar.

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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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