“El códice del peregrino”: la seguridad en los archivos

Celebramos el Día del Libro con una novela muy archivística


Catedral de Santiago de Compostela

Catedral de Santiago de Compostela

El robo del Códice Calixto puede ser considerado uno de los acontecimientos más relevantes sucedidos en el ámbito cultural español durante el año 2011. Este desgraciado hurto –resuelto afortunadamente de manera satisfactoria un año más tarde con el hallazgo del volumen en un garaje– ocupó –especialmente durante el mes de julio de 2011– gran parte de los titulares de las noticias insertas en la prensa diaria española. De hecho, en este mismo blog hemos recopilado algo más de medio centenar de referencias hemerográficas relativas a la desaparición de tan importante manuscrito.

Un hecho tan excepcional no sólo atrajo la mirada de los periodistas sino también la de historiadores, musicólogos y archiveros, puesto que, cada uno en su especialidad, tenía algún tipo de interés en este documento. No en vano, el valioso texto compostelano guardaba –en 225 hojas de pergamino– desde textos litúrgicos hasta piezas musicales, pasando por una especie de guía para viajar dirigida a los peregrinos, por el relato del descubrimiento de la tumba de Carlomagno o por la narración de la traslación del cuerpo del apóstol Santiago.

Una extraña desaparición, un manuscrito medieval, un entorno eclesiástico, una catedral románica con gran carga simbólica como fin último del peregrino… piezas más propicias para trazar las líneas de una novela que para ser codice del peregrinolos elementos definitorios de un hecho real. En este carácter casi legendario de la historia podría hallarse la razón que animó a José Luis Corral, escritor y catedrático de Historia Medieval de la Universidad de Zaragoza, a servirse de algunos de los hechos verídicos vinculados con la sustracción del Códex para dar forma a “El códice del peregrino”, intrigante y ficticio relato en el que el manuscrito medieval es el gran protagonista, aunque compartiendo escena con dos traficantes de patrimonio cultural, una pareja de inspectores de policía, un grupo de ortodoxos creyentes radicales y, sobre todo, un gran secreto escondido en el antiguo códice, incógnita que no desvelaremos para que sean los lectores quienes la descubran por sí mismos leyendo el libro. Es evidente que con estos ingredientes, José Luis Corral, aun partiendo de un hecho real, se aparta de la realidad, ofreciendo al lector un animado e enigmático relato de fácil y rápida lectura en el que la genealogía de Cristo adquiere un papel central como hilo conductor de la trama y los elementos del Apocalipsis una fuente de inspiración para su estructura..

La obra que nos ocupa puede ser un excelente medio a través del que reflexionar sobre la verdad de las ideas en las que se sustentan las religiones; sobre la peligrosidad de la existencia de sectores integristas en cualquier confesión religiosa, o sobre la amenazadora destrucción a que está expuesto aquel patrimonio que esconda verdades que vayan contra lo establecido o que, simplemente, no nos den la razón. Pero, sin duda, si hay una idea sobre la que este relato ficticio nos da pie para reflexionar no es otra que la seguridad existente en los archivos. ¿Son tan vulnerables los archivos –tanto los públicos como los privados? ¿Cuentan los centros archivísticos con las medidas de seguridad adecuadas? ¿Existen planes para enfrentarse y minimizar este tipo de “desastres”? ¿Tenemos un verdadero control sobre la documentación custodiada? ¿Están siempre las llaves y los accesos a los depósitos controlados de manera efectiva o pueden producirse deslices como el que se describe en la novela de comentamos? ¿Pueden ser ocultados y sustraídos los documentos bajo la ropa –tal como hacen los encargados de robar el Liber Sancti Iacobi en “El códice del peregrino”- como hacen habitualmente los ladrones de supermercado? ¿Estamos tan expuestos a perder nuestro patrimonio documental?

Sí. Muchas preguntas que tendrán diferentes respuestas dependiendo del ámbito en el que nos movamos. En unos casos la situación podrá estar relativamente controlada y en otros las medidas de seguridad brillarán por su ausencia. En ocasiones los usuarios se quejarán de tanta medida de seguridad, mientras que en otras campearán a sus anchas sin control aparente. En unos casos será complicado sustraer y en otros habrá que apelar a la buena voluntad de todos los implicados. Unas veces las cámaras de seguridad intimidarán –aunque no sean vigiladas por nadie o las imágenes no sean grabadas o sean eliminadas 48 horas después de la captura como en “El códice del peregrino”-, y en otras ocasiones ni tan siquiera existirán.

Sin alejarnos del tema central, aunque en otro orden de cosas, merece la pena subrayar earchivo compostelal papel de gran valor que desempeña el archivero en toda esta historia. En efecto, no podemos pasarlo por alto sobre todo porque son escasas las ocasiones en que estos profesionales de la documentación figuran como personajes relevantes en las novelas. Sí…lo has adivinado… es el archivero, transformado en perenne vigilante, el que tiene la fatal desgracia de descubrir la ausencia del manuscrito, hecho ante el que “…sintió un sobresalto…”, sensación que seguro que hemos tenido muchos de nosotros cuando tratamos de localizar algo que no está en su sitio. Por lo demás, se pone en relación al archivero, con la ordenación, con las fichas de papel –antiguas, eso sí-, y con los procesos de digitalización, imagen, en parte, real y muy extendida (Parte II, segunda trompeta). Desde luego que figure un archivero posibilita que durante todo el relato se haga referencia al “archivo”, debiéndose insistir, aún a fuerza de ser pesado, que de no existir archivero que lo organice y gestione no se contaría con archivo sino solo con un montón de papeles. Afortunadamente no es este el caso.

En definitiva, tal como se afirma en el relato jacobeo, la posibilidad de que se lleve a efecto el hurto estuvo en que “…las medidas de seguridad del archivo y de toda la catedral no son modélicas…”, en gran medida, porque, a pesar de existir un plan director, se carecía de financiación para ponerlo en marcha (parte I, cuarto sello). También se hace referencia al escaso celo en la custodia, ya que “…un fotógrafo profesional (…) asegura que nadie lo vigiló mientras realizaba su trabajo y que, cuando acabó, tuvo que recorrer las estancias del archivo con el manuscrito en la mano en busca de algún responsable para entregárselo….” (Parte II, tercera trompeta) No nos engañemos: esta adversa realidad puede ser compartida por muchos centros, tanto documentales como artísticos. Pero…y tu archivo ¿es seguro?

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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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