La recuperación de la memoria (X): dialogando con Arsenio Sánchez Hernampérez, restaurador de patrimonio documental y obra gráfica (y 2)

Continuamos con la entrevista realizada a Arsenio Sánchez Hernampérez, cuya primera parte fue publicada el pasado 24 de marzo.

Arsenio Sánchez Hernampérez es Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales (2013), licenciado en Geografía e Historia , diplomado en la especialidad de documento gráfico por la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Madrid, y forma parte del equipo de restauradores de la Biblioteca Nacional de España.


En alguno de sus artículos, como los dos publicados en la revista Anaquel (20 preguntas de conservación), se ha ocupado con sencillez del complejo mundo de la conservación. Pero, en relación con los archiveros ¿qué papel cree que hemos de desempeñar en el ámbito de la conservación documental? En general ¿cree que tenemos formación suficiente para enfrentarnos a este tipo de tareas?

En 2001 impartí un curso de conservación en Marruecos. Al final del curso y después de hablar durante días de la fabricación del papel en el siglo XVIII y los terribles cambios del siglo XIX, de los enemigos del patrimonio, de la isopermanencia, la hidrólisis ácida o de cómo la radiación ultravioleta destruía los colores, uno de los bibliotecarios se acercó y sonriendo, me dijo: Gracias profesor, he aprendido muchas cosas. Pero todavía no sé qué debo hacer para que las ratas no muerdan a los usuarios en mi biblioteca. Aquel bibliotecario, me enseñó con una sola frase más conservación que todos los textos que he podido estudiar en mi vida. Entendí que la conservación estaba tan lejos de las necesidades reales como Rabat de Madrid y que generalmente, los conservadores y el resto del mundo vivíamos en paradigmas paralelos.

Arsenio Sánchez 2 1Es evidente que los archiveros tienen una responsabilidad fundamental en la conservación y todos conocemos casos de archivos sin un solo restaurador en los que han logrado los niveles más altos en conservación gracias al trabajo desarrollado por sus responsables. En el extremo contrario, no sorprende que las situaciones más calamitosas coincidan con la falta de archiveros o de personal formado en archivística. La revolución de los años ochenta fue posible por la intervención de los bibliotecarios y archiveros en el problema del papel ácido y los manuales de conservación más consultados en todo el mundo han sido redactados por ellos, no por restauradores. En cierta manera esto tiene su lógica, pues el problema de la conservación archivística está relacionado con su propio carácter documental, con su volumen y con la necesidad de acceso. Por ello, el cambio fue posible cuando los gestores se percataron de que el deterioro afectaba negativamente al funcionamiento de las instituciones y que era necesario reorganizar la forma en la que se estaba trabajando. Que ellos no podían ignorar los problemas a los que se enfrenta el patrimonio, de la misma manera que los restauradores no podíamos seguir interviniendo sin tener en cuenta las necesidades de información. Los archiveros deben conocer como las plagas, la humedad o la contaminación afectan al fondo. Deben saber qué normas son las que regulan la calidad de edificación de un archivo o el tipo de mobiliario más adecuado para un determinado tipo de fondo. Pero no creo que sus aptitudes deban competir con las de los conservadores-restauradores, ni que estén más capacitados para gestionar un departamento de conservación o que deban decidir qué tratamiento debe ser aplicado a un documento. Trabajamos con los mismos problemas, pero cada uno utiliza herramientas diferentes.

Ha intervenido en obras tan significativas como el Cantar de Mío Cid y el Breviario de Amor. El primero fue un trabajo muy complejo y con el segundo trabajó durante años. Supongo que todas las obras tendrán su interés y peculiaridades pero ¿cuál es el mayor reto al que se ha enfrentado en su vida profesional?
mio cid

Manuscrito del Poema de Mío Cid (Biblioteca Nacional de España)

Estas dos obras tienen para mí un valor especial, en el primer caso emocional y en el segundo profesional. Trabajar con el Poema de Mio Cid fue increíble, mi sueño cumplido pues, como ya he dicho, quise hacerme restaurador por ese libro. Fue complejo por las dificultades propias de un códice muy maltratado, pero sobre todo por tratarse de la obra más emblemática del patrimonio bibliográfico español y la responsabilidad que conllevaba. El Breviario de Amor fue muy especial, ya que con él aprendí el valor del respeto al trabajo de los artesanos antiguos y fue la primera obra que restauré siguiendo los criterios de mínima intervención y, de manera intuitiva, con la estética wabi sabi. Pero mi mayor reto no está en el taller –y no quiero decir que cada día no surja un nuevo problema- sino en el aula. La formación es tremendamente exigente. Cuando comienzo a impartir un nuevo curso, una conferencia o, simplemente la formación de un estudiante en prácticas, me asusta la posibilidad de no saber trasmitir los conocimientos, no estar a la altura de las expectativas o, simplemente, no llegar a conectar con el auditorio. Pero sobre todo, me preocupa quedarme obsoleto en los contenidos, debo mejorar la didáctica y mostrar nuevas vías de trabajo que superen las anteriores para no caer en el trabajo monótono y en la reiteración. Ese es sin duda mi mayor desafío profesional.

En la Biblioteca Nacional se conservan más de 30 millones de documentos ¿qué criterios se siguen para seleccionar los que deben ser restaurados? ¿No produce vértigo saber que no todos podrán ser recuperados?
Biblioteca Nacional de España

Biblioteca Nacional de España

Es evidente que no se puede intervenir en 30 millones de objetos. Tampoco creo que sea necesario. Si asumimos que solo entre el 15 y el 20% necesitarían tratamiento, la cosa se reduce bastante, aunque en el peor de los casos seguirían siendo unos 6.000.000. Pero, afortunadamente, no todos tienen el mismo valor, ni son ejemplares únicos. Tampoco son consultados con frecuencia o su deterioro es irreversible y los procesos de restauración ineficaces. Hay muchas combinaciones posibles que pueden servir para definir las pautas por las que se deben seleccionar los documentos a restaurar en la Biblioteca Nacional y fruto de estas combinaciones surgió el Plan de Libros Ácidos hace más de 10 años que ha evolucionado hacia el Plan de Identificación de Fondo Ácido Deteriorado y Único, un proyecto global que trata de gestionar todo el proceso de conservación de los ejemplares en riesgo de desaparición. Por otro lado, cada sección establece sus prioridades y tratamos de trabajar con volúmenes de documentos manejables. Por ejemplo, ahora estamos preparando el plan de intervención del Diccionario Geográfico de España, de Tomás López, un conjunto de documentos que ocupa más de 20 volúmenes y una de las obras emblemáticas de la BNE. El proyecto llevará unos dos años e incluye todo el proceso de conservación, desde el desmontaje a la creación de un micrositio en la web de la biblioteca para su consulta pos cualquier ciudadano. No obstante, las exposiciones son las que marcan el ritmo del taller y en ocasiones tenemos la sensación de trabajar exclusivamente para dar salida al enorme volumen de obras que salen se la BNE para ser mostradas en exhibiciones temporales.

Agua, fuego, xilófagos, tintas, desastres naturales, acción antrópica… ¿qué agente cree que es más nocivo para el documento?

El Instituto Canadiense de Conservación organizó hace años concepto de deterioro estructurándolo en una serie de agentes y amenazas. Según Stefan Michalski, todos los agentes podían ser reducidos a solo diez: disociación, fuerzas físicas, agua, fuego, humedad incorrecta, temperatura incorrecta, contaminantes, radiación luminosa, plagas y vandalismo. Cada una por si sola es brutal. Millones de libros y documentos han ardido en guerras, inundaciones, incendios o se han triturado en terremotos… probablemente muchos más hayan sido víctimas de los insectos o de los microorganismos, de las malas condiciones de conservación o del ácido y la contaminación del aire. Culturas enteras han desaparecido consumidas en hogueras de extremistas políticos o religiosos. Pero estos agentes forman parte de la vida y de la propia historia. Por ello destacaría unoArsenio Sánchez 2 2 sobre todos, un factor que no siempre se ha tenido en cuenta. La imbecilidad. En todas sus facetas. La falta de discernimiento afecta al patrimonio documental con más virulencia que a ningún otro. Imbécil es el que destruye un archivo porque cree que no es más que un estorbo a la modernidad, el que quema una biblioteca por extremismo o simplemente vende los documentos al peso para obtener un paupérrimo beneficio. Pero también son imbéciles los que mandan la documentación al sótano para que no ocupe espacio y no quieren enterarse de que la humedad y el moho lo están arruinando; los que consideran que los edificios de archivo no tienen necesidades y que cualquier cuarto sirve para guardar documentos aunque no tengan las más mínimas condiciones. Imbécil es el que cree que su depósito es un trastero en el que caben ordenadores viejos y muebles desvencijados, el soberbio que sabe de todo y toma decisiones sin consultar, el perezoso que no lee porque no quiere cambiar y trabajar de otra manera o el ignorante que considera que otros patrimonios son más importantes que los libros viejos. Imbécil es el que destruye porque teme que los documentos le quiten la razón. Sin duda, la imbecilidad es el peor enemigo del patrimonio documental.

Ha desarrollado numerosos trabajos en el ámbito de la encuadernaciones comisariando en 2013 una exposición – Piel sobre tabla– dedicada a las encuadernaciones mudéjares ¿qué peculiaridades presenta la intervención sobre las encuadenaciones? ¿por qué exponer las encuadernaciones mudéjares? ¿Qué interés presentan?

La encuadernación es una auténtica desconocida y, hasta hace pocos años, muy poco valorada. Es curioso, porque resulta que el libro que conocemos, el códice, nace indisolublemente unido a la encuadernación y de hecho, su formato es el resultado de ser encuadernado. Pero fuera del estrecho grupo de tesoros, no ha habido interés por ella. Es algo que se quita y se pone, que embellece al libro, pero que en el fondo, no es el libro sino solo su vestido. Es llamativo el caso de la codicología, que estudia con detalle detalles como el pautado, el reglado o las foliaciones pero cuando llega a la encuadernación no la describe o lo hace con una rutinaria “encuadernación de época”. Sin embargo, la encuadernación tiene un enorme potencial para los investigadores y está tan íntimamente unido al objeto que se hace muy difícil entender determinados documentos sin su encuadernación.

piel sobre tablaLa idea de hacer una exposición monográfica sobre encuadernación mudéjar en la BNE fue de Antonio Carpallo. Gracias a él tuvimos la posibilidad de dar a conocer fondos de extraordinario interés para entender el paso del libro medieval al moderno. El término mudéjar procede del árabe “mudayyan” que significa “aquél a quien es permitido quedarse” y se aplicó a los musulmanes que vivían en los territorios conquistados por los cristianos, por lo que se ha asumido que este tipo de encuadernación era obra de moros. Sin embargo, no existen elementos materiales que confirmen su responsabilidad. Nuestra teoría es que el mudéjar en la encuadernación responde a la estética de la época y que era obra de artesanos judíos y cristianos. Técnicamente, los artesanos mudéjares eran fieles a los materiales y técnicas empleados en la encuadernación medieval en occidente: tapas de madera, cosido sobre nervios y el pergamino como soporte de la escritura aunque incorporaron a partir del siglo XV materiales propios de los árabes como el papelón, el cordobán y el refuerzo del lomo con piezas de vitela, pergamino o tela. Los musulmanes, en cambio, utilizaban una técnica muy peculiar, una especie de aljamía técnica en la que se mezclaban elementos de la encuadernación oriental y occidental. Ya habíamos descubierto dos ejemplares en la Biblioteca Nacional, pero gracias a la exposición, hemos podido comprobar su existencia en un buen número de bibliotecas. En breve publicaré un estudio amplio con Mariano Caballero sobre el tema. En cualquier caso, la encuadernación mudéjar es el estilo más conocido de encuadernación española. Sus decoraciones, de tradición mediterránea, fueron habituales en la península ibérica con un estilo propio que pervivió durante siglos. Desde España se expandió a otros lugares, entre los que destacó el Nápoles del siglo XV gracias al impulso de la corte del rey Alfonso V o, incluso en Hungría en la corte de Matías Corvino. A pesar de su importancia no se habían tratado en una exposición los fondos de la BNE que permitiera apreciar las variaciones constructivas y estilísticas. La experiencia resultó muy enriquecedora, no sólo por todo lo que aprendimos sobre el período, sino también por las vías de investigación que dejó abiertas.

Mientras se publica esta entrevista estará impartiendo un curso en Lisboa sobre estructuras del libro, pero… ¿cuál es la proyección de los restauradores españoles en el exterior? ¿Gozan nuestros restauradores con una buena carta de presentación en el extranjero? ¿Existe una escuela española de restauración?

Aunque esto está cambiando, los restauradores españoles no somos muy dados a movernos en el exterior. Sólo en los últimos años hemos visto como algunos cargos de responsabilidad están siendo ocupados por restauradoras españolas en Reino Unido, como es el caso entre otras de Virgina Lladó-Buisan, que ocupa el cargo de Jefe de Conservación de Bodleian Library en Oxford o de Mariluz Beltrán de Guevara, Senior Conservator en British Library. Además hay un buen número de restauradores españoles en Francia, Italia y Estados Unidos y gracias a las becas Erasmus y las prácticas extracurriculares, muchos estudiantes o recién graduados están desarrollando prácticas en instituciones extranjeras. Pero por el momento nuestra presencia fuera de Iberoamérica es muy rara y discreta. La literatura profesional en español no es demasiado abundante y como somos poco dados a publicar en otros idiomas, las bibliografías extranjeras raramente citan nuestros estudios, ignorando trabajos de grandísima calidad y trascendencia científica. Pero como digo, en Iberoamérica sí hay una mayor presencia de restauradores españoles. Carmen Crespo y Vicente Viñas fueron pioneros en este apostolado y posteriormente ha destacado la figura de Nieves Valentín, una de las personas más brillantes en el panorama de la conservación en España. Luis Crespo participa desde sus inicios como profesor en el Curso Internacional de Conservación de Papel en Latinoamérica que, organizado por ICCROM, se imparte en Méjico y que se ha convertido en una referencia para todo el ámbito hispanoparlante. Los textos de Javier Tacón son libro de cabecera de los restauradores iberoamericanos y españoles desde hace años y, por otra parte, en los últimos veinte o treinta años, decenas de restauradores iberoamericanos han pasado por nuestras instituciones becados por el Ministerio de Asuntos Exteriores, por el de Cultura o sociedades privadas, como Fundación Carolina, Telefónica o Botín entre otras. Desgraciadamente, la crisis ha hecho desaparecer la práctica totalidad de mecenas y el número y duración de las estancias se han reducido notablemente así como el número de proyectos de formación o de restauración dirigidos por expertos españoles en el exterior. Y ello afecta de forma indirecta a la influencia que los restauradores españoles ejercíamos en Iberoamérica.

Para terminar y siguiendo con el ámbito internacional, entre 1999 y 2001 ha participado en campañas de recuperación solidaria de bibliotecas y archivos como la de Sarajevo, ¿cree que a través de la restauración y conservación de bienes culturales se puede contribuir a conseguir un mundo mejor?

Sin dudarlo. Ni un instante. El patrimonio cultural no es un lujo, es uno de los pilares del estado moderno. Hasta la revolución francesa, el estado era el rey, pero a partir de 1789, es el pueblo el que se constituye en estado soberano. Lejos de constituir una masa informe, el pueblo tiene una identidad común que le aglutina y le hace diferente de otros: un territorio, una religión, un pasado común, una lengua o un grupo étnico. Por tanto, es el patrimonio la amalgama donde residen las señas de identidad de la nación y de ahí la necesidad de su protección, conservación y difusión. Cualquier violación o pérdida es apreciada como una agresión a nuestro Yo íntimo ya que identificamos herencia cultural con nuestra propia herencia genética. Por ello no da igual quién sea responsable de la destrucción: la naturaleza, el azar o el hombre, aunque el resultado sea el mismo. La destrucción de Nimrud por los extremistas del Estado Islámico nos repugna más por ser demostración de la determinación de imponer una sociedad que por el propio acto de destrucción.

Sarajevo

Biblioteca de Sarajevo. “…pude comprobar como la destrucción de la Biblioteca había afectado a las víctimas dejando un vacío tan difícil de superar como la pérdida de seres queridos…”

Sin una agresión traumática, es difícil imaginar el valor que el patrimonio tiene para los individuos. En Bosnia pude comprobar como la destrucción de la Biblioteca había afectado a las víctimas dejando un vacío tan difícil de superar como la pérdida de seres queridos. Y también descubrí que con la restauración de la Biblioteca Nacional los bosnios demostraron su capacidad para resurgir de las cenizas y volver a ser un pueblo orgulloso de su identidad multicultural. El proyecto era tan pequeño que, que, en realidad solo era un símbolo, pero hizo felices a quienes les habían arrebatado todo, familia, casa, y dignidad. Y fue entonces cuando descubrí que mi vocación había servido para algo.


“La restauración de la Biblioteca Nacional [de Sarajevo]… hizo felices a quienes les habían arrebatado todo, familia, casa, y dignidad…”

Excelentes palabras para terminar nuestra charla. Afirmaciones como esta demuestran que la restauración es mucho más que una forma de intervenir en los documentos para devolverles su vitalidad: puede ser una manera de devolver la vida y la esperanza a las personas que disfrutan y se identifican con su patrimonio.

Muchas gracias Arsenio. En una de sus respuestas afirmaba que era todo un reto “… no saber trasmitir los conocimientos, no estar a la altura de las expectativas o, simplemente, no llegar a conectar con el auditorio…” Sin duda no ha sido el caso: las expectativas han sido plenamente colmadas -y superadas-; la conexión con el auditorio ha sido magnífica, y la transmisión de los conocimientos ha discurrido de manera fluida, magistral y clara, combinación que sólo unos pocos llegan a alcanzar.


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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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