La recuperación de la memoria (X): dialogando con Arsenio Sánchez Hernampérez, restaurador de patrimonio documental y obra gráfica (I)

Contamos hoy con la colaboración en esta sección de uno de los restauradores más destacados del panorama español. Éste no es otro que Arsenio Sánchez Hernampérez, Arsenio SánchezPremio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales (2013). Este licenciado en Geografía e Historia y diplomado en la especialidad de documento gráfico por la Escuela Superior de Conservación y Restauración de Bienes Culturales de Madrid, tras trabajar durante 3 años en el Museo del Pueblo Español, pasó en 1992 a integrar el equipo de restauradores de la Biblioteca Nacional de España, actividad profesional en la que se mantiene en la actualidad. Asimismo, ha desarrollado una actividad docente muy intensa y es autor de libros y de numerosos artículos relacionados con la conservación del patrimonio documental de obligada consulta tanto para archiveros y bibliotecarios como para restauradores y conservadores.


Advertencia previa: La generosidad de Arsenio Sánchez le ha llevado a contestar cada una de las preguntas de manera detenida, sin reparar en tiempos ni espacios. Un esfuerzo de estas características no podía tener el corte o el resumen como contrapartida, y más aún teniendo en cuenta el interés que presentan sus respuestas, que casi son veraderos mini-artículos. Por esta razón, esta interesante entrevista será publicada en dos partes.

  Comenzamos nuestra charla…

Empezaremos por el final… Una de las últimas noticias relacionadas con su trabajo ha venido dada por la entrega el 16 de febrero de 2015 del Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales (edición de 2013) ¿Qué ha supuesto este premio a nivel personal?
Entrega del Premio Nacional de Conservación

Entrega del Premio Nacional de Restauración y Conservación de Bienes Culturales.

Aún no lo he digerido, me parece enorme. Con los Premios Nacionales, el Estado reconoce el valor que la creación, difusión y conservación de la cultura tiene para la sociedad y así lo recalcó el Rey en su discurso de entrega, afirmando que son una muestra de gratitud colectiva a los que los reciben por su aportación a ese acervo común que nos define en la cultura. Por ello, lo que más me ha emocionado no es tanto el reconocimiento a mi trayectoria –lo que sin duda es muy halagador-, sino que el jurado haya considerado que España tiene una deuda con mi trabajo, que mi esfuerzo ha permitido mejorar la cultura de mi país y que aporta valor a la sociedad en la que vivo. Es difícil asimilar esto cuando acabas de cruzar el ecuador de tu vida laboral y eres consciente de tus carencias, pero también tengo que reconocer que ha supuesto un gran estímulo y me ha servido para recuperar proyectos olvidados, el entusiasmo por una profesión maravillosa y ha exacerbado más aún mi curiosidad por trabajar en campos que creía inaccesibles.

Este tipo de galardones ¿cree que ha servido para dar visibilidad a la profesión? ¿Supone un reconocimiento “político” a la importancia que presenta la conservación del patrimonio documental?

Me gustaría pensar que ha servido para dar visibilidad a la profesión y que ha supuesto su reconocimiento político, pero sería poco sincero si le dijera que estoy firmemente convencido de que ha sido así. La conservación de bienes culturales tiene una consideración social que no se corresponde con la realidad laboral. Por un lado, el Estado cita 1reconoce al Patrimonio Histórico como uno de los puntales de las sociedades modernas y uno de los motores de la economía española. La sociedad valora, admira y se enorgullece de la posesión de objetos del pasado y disfruta regularmente en actos culturales de todo tipo. Los conservadores-restauradores somos, por lo general, profesionales bien considerados socialmente. Sin embargo, las administraciones dedican muy pocos recursos a la conservación y cuando lo hacen, es de forma intermitente o poco racional: mucho dinero para la intervención y el espectáculo inmediato, pero poco o nada para su mantenimiento. En realidad, los museos, las exposiciones y los actos culturales son brillantes escaparates de una trastienda con muchísimas carencias. Tampoco existe interés por encuadrarnos brillantes escaparatesfuncionalmente. En uno de los países con mayor volumen de patrimonio del mundo, el Estado no dispone de un cuerpo de conservadores, ni tan siquiera la categoría de conservador-restaurador. En su lugar la administración dispone de un exótico grupo de contratados en el que entramos restauradores de obras de arte y “de objetos afines”, músicos, cantantes, bailarines, animadores, técnicos ocupacionales de reinserción de instituciones penitenciarias, actores de reparto y ayudantes forenses. Esta indefinición tiene consecuencias muy graves: podemos dirigir proyectos ejecutados por empresas externas pero no firmarlos. Tampoco podemos dirigir departamentos de conservación ni proyectos dentro de la administración. Estas responsabilidades corresponden al grupo de funcionarios, aunque no formen parte de sus funciones ni de su campo de conocimiento. La precariedad ha llegado a niveles increíbles y está llegando a poner en grave peligro al patrimonio, pues en 1998, con el Convenio Único para la AGE se suprimieron las especialidades en conservación y las últimas promociones de conservadores restauradores obtuvieron su plaza opositando con un temario general. El destino se obtenía por nota y no por especialidad, de manera que plazas de restauración arqueológica correspondieron a restauradores de documento y plazas en archivos fueron ocupadas por especialistas en textiles.

         Por otra parte, los estudios de restauración siguen inmersos en un laberinto del que no sabemos cuándo ni cómo vamos a salir. En Documento Gráfico existen siete cita 4titulaciones diferentes que van desde un título sin validez académica expedido por el antiguo SELIDO hasta el de Máster Universitario, pero todos los que trabajamos en instituciones dependientes del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes tenemos una única categoría profesional. Y en lugar de formar un frente común, las universidades y las escuelas han entrado en una competencia crónica que ha precarizado la figura del restaurador, dejando a los profesionales al albur de las diferentes administraciones. No, la verdad es que no creo que la lamentable situación de la conservación y de sus profesionales vaya a cambiar a medio plazo y mucho menos por este galardón.

El jurado que concedió el premio destacó que con su labor “…la disciplina ha evolucionado hacia un nuevo paradigma científico…” ¿que quiere decir esto?

Este ha sido el primer año en el que se ha desdoblado en premio en dos categorías: a la mejor intervención y a la trayectoria profesional. Imagino que el jurado valoró en mi caso la diversidad de mi trayectoria, pues he trabajado en muchos campos diferentes dentro de la preservación documental. Me llamó la atención que en su resolución se hiciera un guiño a mi defensa de la teoría de los paradigmas científicos de Thomas Kuhn KUHNaplicado al ámbito de la conservación. Con ello aludía a uno de mis primeros artículos en el que analizaba la evolución de la disciplina. Mi planteamiento trataba de demostrar que era falsa la creencia de que existe una forma buena de conservar y que las demás son malas. Para ello recurría al epistemólogo Kuhn, para el que las teorías científicas solo son coherentes cuando son encuadradas en su momento histórico, razonadas con la mentalidad de quien las concibe y no desde los argumentos que las invalidan. A mi modo de ver, las contradicciones en restauración en realidad no son tales, sino diferentes paradigmas, coherentes en sí mismos, pero absurdos si son analizados desde posturas opuestas: la defensa de la intervención prístina de Violet le Duc y los restauradores positivistas chocaba estrepitosamente con la conservadora de los socialistas utópicos seguidores de John Ruskin. En la década de los 30, Camilo Boito y otros autores repensaron estas posturas y creyeron ver una zona común entre ambos conjuntos teóricos. Esta intersección constituiría lo que denomino la corriente ortodoxa o “restauración científica”. Rechazaba posturas extremas de ultraintervención o ultraconservación y concedía un gran valor a la objetividad, a la documentación y el análisis técnico. Al estar a medio camino entre ambas, parecía una solución excelente ya que aceptaba elementos comunes, rechazaba los antagónicos y trataba de borrar el elemento subjetivo en la toma de decisiones mediante la química aplicada. Al menos, la comunidad de restauradores lo había aceptado así hasta que la restauración científica ha empezado a ser cuestionada desde el último paradigma en conservación: la teoría contemporánea de la restauración de Salvador Muñoz Viñas, que ha supuesto una verdadera revolución.

La teoría de los paradigmas también se podía aplicar para explicar la evolución en la conservación del patrimonio documental. En este caso, la falta de soluciones de la restauración a las necesidades del patrimonio documental había llevado a una crisis y la necesidad de definir una preservación más amplia. Este modelo se opondría al tradicional, centrado únicamente en la intervención, ineficaz por sí sola, lenta y costosa. La preservación, en cambio, planteaba un marco totalmente diferente. El sujeto para el cita5que trabaja sería el fondo y no solo con los objetos deteriorados o los documentos históricos. Por otra parte, la preservación considera el deterioro como un fenómeno dinámico: nace, crece, se extiende y destruye. Ello implica que es posible controlar su evolución e, incluso su aparición. Y finalmente, la preservación considera que el control del deterioro requiere la gestión de métodos activos y preventivos. Esta nueva forma de entender la conservación fue definida por bibliotecarios, archiveros y conservadores norteamericanos en la década de los años 80 y fue promovida activamente por IFLA gracias al predominio del lobby anglosajón en el programa PAC. Desgraciadamente el modelo sigue teniendo dificultades de aplicación en nuestro país ya que, por un lado, la falta escandalosa de medios y personal, crónica de nuestras instituciones documentales, aleja la conservación de las necesidades cotidianas y, por tanto, de las prioridades. Por otro, existe una carencia formativa importante. Sin embargo, estoy firmemente convencido de su enorme valor y potencial y creo que, convenientemente renovado, es la única vía posible si pretendemos llegar a un modelo sostenible tan necesario en nuestro país.

¿Ha de ser el restaurador un científico? ¿Cuánto de ciencia hay en la restauración de obra gráfica? ¿Cuánto de artesanía? ¿Cuánto de arte?

No sé si se puede definir a la conservación como una disciplina científica. Creo que no, pero no estoy capacitado para dar una opinión categórica. En todo caso, se trata de una técnica que se apoya en conocimientos obtenidos siguiendo métodos científicos. Pero a mí no me preocupa especialmente. Que digamos que somos científicos no da a nuestra profesión un carácter superior ni mucho menos inequívoco. La restauración no siempre ha tenido resultados positivos aunque los tratamientos tenían el visto bueno de la química. Muchos documentos han sido radicalmente trasformados –cuando no dañados irreversiblemente- siguiendo certezas científicas: pergaminos bañados en polietilenglicol, millones de hojas laminadas con plástico, bibliotecas y archivos enteros tratados con óxido de etileno o miles de encuadernaciones renovadas y “corregidas”. Por ello, no creo que sea importante que la etiquetemos de una u otra manera ya que la conservación actual exige un alto grado de conocimiento y razonamientos abstractos que no desmerecen la complejidad requerida para el desarrollo de en un proceso científico. El restaurador-conservador de documentos debe saber de química y biología aplicadas, pero también de historia, de arte, de filosofía, de archivística o biblioteconomía; de la historia técnica de los materiales con los que trabaja, del comportamiento de los materiales o de técnicas y oficios tradicionales. Pero sobre todo, debe conocer su oficio y tener una mente curiosa capaz de descubrir la rareza en lo cotidiano y de tratarla adecuadamente.

Tampoco considero que la restauración sea un arte. Nosotros no debemos crear, sino ser capaces de mantener los valores de lo que otros crearon y no distorsionar su aspecto argumentando una mejor conservación. Lo paradójico es que no siendo artistas nuestros planteamientos estéticos y gustos, determinan el acabado de una restauración: confieso la aversión que me produce un pergamino del siglo XII conservado en una funda de Mylar o mi admiración por el concepto de la estética wabi sabi que tan magníficamente defiende Luis Crespo. Y no solo desde el punto de vista de la estética. Por ejemplo, en la Biblioteca Nacional conservamos el fondo Manuel Gómez Ímaz, un estudioso de la cita2Guerra de Independencia, que llegó a reunir una importante colección de impresos, manuscritos, publicaciones periódicas de especial rareza. Muchos de ellos se encuentran en un pésimo estado de conservación, ya que se trataba de obras que circularon clandestinamente y han llegado hasta nosotros muy dobladas, llenas de manchas y ajadas por el uso. Si se interviniera corrigiendo su aspecto probablemente recuperaríamos el soporte, pero borraríamos completamente su carácter y su peculiar historia.

Resumiendo, no creo que el conservador-restaurador de documento deba ser un científico, un artesano o un artista. Debe ser conservador-restaurador. Un profesional capaz de analizar la obra con curiosidad y mente de un científico, tratarla con conocimiento de artesano y el gusto de un artista japonés.

Pero volviendo a sus orígenes, ¿cómo llegó a interesarse por la restauración y conservación de documentos? ¿Vocación o descubrimiento?

 Mi padre es maestro de escuela jubilado. En casa siempre nos inculcó el amor por el arte, la historia y la cultura en general. Mi primer sueldo –diez duros- lo gané limpiandocita 3 su biblioteca y con más voluntad que talento me enseño a hacer una especie de encuadernación. Él es muy cuidadoso en sus manuscritos y me fascinaban sus esquemas de la célula o del sistema solar, sus mapas minuciosos y la delicadeza con la que rellenaba los cuadernos de escritura. Todo esto fue dejando su poso y me empezaron a interesar los libros antiguos. Ya en el colegio era un friki que tenía claro que quería estudiar Historia, pero cuando me enteré de la desgraciada historia del manuscrito de Mio Cid en clase de Literatura de 2º de BUP, descubrí que no quería dedicarme a otra cosa. Con 16 años empecé a estudiar en la Escuela de Artes Aplicadas y Oficios Artísticos y cinco años después, con mi título de Graduado en Restauración de Documento Gráfico bajo el brazo empecé a trabajar en el Instituto de Patrimonio Cultural de España bajo las órdenes del mismísimo Vicente Viñas. Poco después aterricé en el Museo del Pueblo Español, que contaba con un excelente equipo de restauradores y a partir de 1992, la BNE, el sueño de cualquier restaurador de documentos de este país. Así que es evidente que soy restaurador por vocación, pero también con una suerte magnífica que me ha permitido descubrir la profesión y llegar adonde quería. 

En alguna ocasión ha afirmado “…tan peligroso es un recorte presupuestario en patrimonio como un exceso de dinero…” ¿se invierte –y se ha invertido en el pasado- lo suficiente en restauración de documentos?

 El dinero ha hecho mucho daño a la conservación del patrimonio. Cuando no lo hay porque se puede hacer poca cosa y cuando lo hay, porque se gasta irracionalmente o se restauran piezas valiosas -que nunca deberían haber sido tocadas- solo por gastar. Pienso en todos esos talleres montados en los archivos de nuestro país, dotados con gran lujo de medios aunque se sabía que nunca iban a disponer de personal o que su viabilidad era muy discutible: el coste de un pliego de papel secante es el de 7 cajas de archivo definitivo. Una reintegradora de papel equivale a 25.000. Si a ello le añadimos la prensa y la disgregadora de pulpa necesarias para su funcionamiento, podríamos llegar encajar cerca de 50.000 legajos. La dotación de un taller de restauración de medio tamaño para dos trabajadores, tiene el valor de una limpieza con calidad de conservación de una biblioteca de 240.000 volúmenes. El problema no es que este dinero se destine a la instalación de un laboratorio, pues los talleres de conservación son imprescindibles en cualquier archivo histórico, sino que no se dotan de personal, los equipos se deterioran y muchos son dados de baja sin haber sido utilizados ni una sola vez o son infrautilizados por una falta de previsión y por la aplicación de un modelo obsoleto.

Como la contratación de restauradores en la plantilla de los archivos y bibliotecas no parece ser una prioridad, la externalización se ha convertido en una alternativa que también tiene sus luces y sombras: si bien limita los costes de personal a corto plazo, la intermitencia en la contratación es incompatible con una política de conservación sostenible y de largo alcance. La asfixia económica ata las manos y, cuando los archivos disponen de algún dinero, procuran solventar pequeñas necesidades externalizando los trabajos. No es una buena solución ya que al no haber una línea de trabajo definida pueden ser realizados hoy por un técnico y mañana por otro sin que éstos hayan mostrado interés por tener un criterio común o una compatibilidad mínima en técnicas y preferencias de intervención. Su contratación vendrá determinada por la oferta económica más baja.

Los institutos de conservación de patrimonio cultural podrían ser una solución a este grave problema. La idea de este tipo de instituciones es muy interesante: dado que la mayor parte de los propietarios de patrimonio no disponen de los recursos necesarios para su conservación, el Estado ha creado una serie de instituciones que pueden dar servicios de conservación de manera no lucrativa o, al menos, un asesoramiento en materia de conservación para que el archivo, museo o propietario pueda contratar el servicio de conservación adecuado. Así funciona NEDCC, uno de los referentes norteamericanos en conservación documental. Actualmente disponemos del Instituto de Patrimonio Cultural de España y en algunas comunidades autónomas como Andalucía, Valencia o Castilla-León pero, por desgracia, sus prioridades suelen ser otras y, además, están sufriendo graves recortes y pérdidas de personal mermando su capacidad en los últimos años.

En una institución como la Biblioteca Nacional, ¿se ha visto afectada la actividad de los restauradores por los recortes en materia cultural o se continúa restaurando al mismo ritmo?
Biblioteca Nacional de España (Madrid) 2005 July.jpg

Biblioteca Nacional de España (Madrid)

La Biblioteca Nacional de España, al igual que todas las instituciones culturales de este país ha visto importantes recortes en su presupuesto y ha realizado importante de ahorro en consumo energético que le ha permitido seguir prestando servicios esenciales. No todos los departamentos han sufrido de la misma manera, pero de seguir así no será posible continuar funcionando a un ritmo aceptable por mucho tiempo. El recorte ha sido especialmente catastrófico en el capítulo de personal, con una pérdida de casi un 15% de los trabajadores de plantilla en cinco años. Tenemos la esperanza de que la ley reguladora, que será aprobada definitivamente por el Congreso de los Diputados en breve y el nuevo estatuto alivie esta situación. No obstante, el gobierno debería asumir que la Biblioteca Nacional, la institución cultural más antigua del estado y una de las diez bibliotecas más importantes del mundo, debería disponer de una plantilla mucho más holgada y un presupuesto acorde a su misión e importancia.

En el caso de la restauración, no podemos decir que la crisis se haya notado demasiado en el volumen de trabajo, ya que hemos sido un servicio en crisis permanente. La carga de trabajo en el taller de restauración es exageradamente alta. Somos solo seis restauradores y seis encuadernadores. En la actualidad, la Biblioteca Nacional atesora más de 33 millones de documentos en sus dos edificios. Se calcula que el crecimiento anual fluctúa entre 700.000 y 1.000.000 de nuevas unidades y cada mes entran alrededor de 12 toneladas de papel en nuestros depósitos. Solo los dos departamentos para los que trabajo –Manuscritos e Incunables y Reserva Impresa- atesoran alrededor de 1.500.000 unidades y soy el único restaurador adscrito a tiempo completo. Lo mismo podríamos decir del resto de departamentos: Bellas Artes, Cartografía, Música, Proceso Técnico o Publicaciones Periódicas.

Es uno de los restauradores-conservadores más importantes y célebres de España. Todos, en algún momento de nuestras carreras, hemos asistido a alguno de sus cursos [el que no lo haya hecho se lo recomiendo] y son muchos los restauradores que recurren a su consejo profesional tal como hemos visto recientemente en el documental emitido por Barcelona Televisión sobre la actividad de Berta Blasi… ¿es consciente de haber creado escuela y, sobre todo, de haber despertado el interés de los archiveros hacia determinados aspectos como el control de catástrofes? ¿Qué supone para usted el reconocimiento unánime a tu labor?

 Le agradezco el cumplido. Con este nombre es difícil pasar desapercibido en la profesión y soy consciente de que mi opinión es bien valorada, lo que habla mucho de la generosidad de mis colegas. Pero no me tengo por persona importante y mucho menos célebre. He de confesar que juego con las cartas marcadas, pues trabajo en un sitio privilegiado. La Biblioteca Nacional es un pozo de sabiduría a todos los niveles. Disponemos de medios suficientes para formarnos, compañeros con los que conversar e intercambiar experiencias profesionales únicas y un fondo documental increíble que responde con generosidad a cualquier pregunta, ofreciendo motivos para desear volver al día siguiente. No compartir esta fortuna sería ruin por mi parte así que, en la medida de mis posibilidades, trato de enseñar lo que sé a quién lo pide y procuro dar mi opinión aunque no siempre sea acertada. Ello no quiere decir que haya creado escuela -¡no quiero esa responsabilidad!- sino que me he convertido en un redistribuidor de información sobre conservación.

gestión de desastresSi en un campo he trabajado con regularidad es en de la gestión de catástrofes en archivos y bibliotecas. No puedo negar que me enorgullece pensar que mi trabajo ha servido para que las catástrofes y su prevención sean apreciadas y consideradas una prioridad en el mundo de los archivos y bibliotecas. Si bien cuando empecé solo John McLeary y Luis Crespo habían tratado el tema en El cuidado de libros y documentos: Manual práctico de conservación y restauración, actualmente hay una literatura en castellano abundante y de calidad, congresos, cursos y jornadas y mayores posibilidades de formación que hace una década. En 1999 decidí incluir un capítulo en Políticas de Conservación y, aunque no era novedad, creo que fue un acierto. Poco después la Fundación Tavera me pidió la revisión de su Manual de planificación y prevención de desastres en archivos y bibliotecas y el contacto con especialistas en seguridad me ayudó a ver el tema con otra perspectiva. Posteriormente colaboré con los Bomberos del desasatres anroart Grupo Español de Ciudades Patrimonio de la Humanidad, todo un lujo porque obtuve un conocimiento directo de los siniestros y cómo se coordinan los grupos de salvamento. El broche de oro ha sido la posibilidad de colaborar con Concha Cirujano en la redacción del Plan Nacional de Emergencias en Patrimonio. Si es finalmente aprobado y sigue adelante, la gestión de desastres en el ámbito cultural se acabará convirtiendo en una realidad en nuestro país y no solo en un capítulo llamativo dentro de un manual inútil. En el Plan Nacional hemos colaborado arquitectos, restauradores, facultativos de archivos, bibliotecas y museos, técnicos de Protección Civil, bomberos, Guardia Civil, Policía Nacional y miembros de la Unidad Militar de Emergencias. Confiamos en que pronto se empezarán a generar los planes modelo y un buen número de actividades de formación, algo impensable hace diez o quince años.


Concluimos esta primera parte de la entrevista compartiendo el video correspondiente a la mesa redonda: La conservación del papel ácido: estado de la cuestión y nuevas tendencias de su restauración (XI Semana de la Ciencia en la BNE), en la que participó Arsenio Sánchez Hernampérez:


Continuará

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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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2 respuestas a La recuperación de la memoria (X): dialogando con Arsenio Sánchez Hernampérez, restaurador de patrimonio documental y obra gráfica (I)

  1. Fantástica entrevista Fernando. Arsenio, como siempre, dándolo todo. Grande.

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