“Las joyas del Paraíso”: música, intriga y documentos

“Todo está en los archivos…”
Las joyas del Paraíso, cap. 2

imagenUn músico barroco, Agostino Steffani (1654-1728); una intrigante trama criminal; una herencia… ¿valiosa?; una investigadora y unos papeles que de estar organizados darían forma a un archivo personal-musical: he aquí los ingredientes empleados por Donna Leon, célebre escritora estadounidense de novelas de misterio, para dar forma a “Las joyas del Paraíso”, obra publicada en 2012 y cuya trama y protagonista surgen, en gran medida, gracias a la aportación de la gran mezzosoprano Cecilia Bartoli, redescubridora, musicalmente hablando, del hasta entonces olvidado compositor veneciano.

Cecilia Bartoli y Donna Leon revalorizan la figura del músico veneciano Agostino Steffani

Archivos y documentos
Si bien el peso de la narración reside en la intrigante biografía y en el descubrimiento de la Libro las joyas del paraíso1desconcertante herencia que aquel misterioso músico dejó a sus competidores descendientes, no es menos cierto que, desde el primer momento, son sus papeles personales en torno a los que girará toda la acción, hasta el punto de que, sin aquellos baúles llenos de manuscritos, la historia carecería de sentido, erigiéndose las cartas, partituras, escrituras notariales y escritos varios en verdaderos personajes que rivalizan con su productor y acumulador, Agostino Steffani, por convertirse en los protagonistas principales de la novela.

Es cierto, los documentos personales del músico están presentes desde las primeras páginas de libro, adquiriendo los dos baúles que los contienen una halo de misterio. Oiremos hablar mucho de ellos, pero no será hasta el capítulo 8 cuando se materialicen y se proceda a su apertura. En ese instante se hacen tangibles unos papeles que, hasta entonces, solo existían de manera abstracta e imaginaria. Pero, cuando éstos se convierten en entes materiales las referencias a los mismos no dejan de resultar, cuanto menos, sorprendentes. De este modo, en una ocasión nuestra musicóloga se pregunta…”Después de todo ¿Qué secretos puede haber en unos documentos que tienen cientos de años de antigüedad?“ (Cap. 7) Sin duda, se trata de una figura irónica, exponiendo por medio de la retórica un pensamiento contrario a su verdadero modo de pensar, representando así la ignorancia de los herederos de Steffani.
Por contrario, a esta concepción positiva -que tras la ironía esconde una asunción del gran valor de la información contenida en los documentos-, le sucede una expresión más compleja relacionada de manera directa con la documentación musical. Así, al referirse a una partitura manuscrita señala: “…no es arte…solamente son pedazos de papel…el arte reside en el sonido…la partitura no es más que la forma en que se transmite…” (cap. 12) En esta ocasión no hay lugar para la retórica. La musicóloga Pellegrini expone con apasionamiento su modo de pensar. Pero ¿podemos considerar los documentos simples pedazos de papel? Precisamente al afirmar que “la partitura no es más que la forma en que se transmite” ya está dando la clave, contradiciendo, a mi modo de ver, su afirmación inicial. Los documentos, puede que no sean “arte”, pero son siempre portadores de información y ahí reside su gran valor, superando con creces esa concepción ligera que los identifica con meros pedazos de papel, de tal suerte que si se destruye ese supuestamente anodino papel desaparecen los datos contenidos y, en esta ocasión, también desaparecería el sonido que representan. ¿Solo pedazos de papel? Rotundamente, no.

Libreria and Biblioteca Marciana and Columns in Piazzetta, Venice

Biblioteca Marciana (Venecia), escenario de buena parte de las investigaciones que Caterina Pellegrini ha de realizar para contextualizar los documentos.

Para terminar con el concepto que de documento se presenta en el relato podemos aludir a la relación que la información contenida en ellos tiene con la veracidad. De este modo, la investigadora afirma “… yo leo manuscritos no almas, por lo tanto no tengo ni idea de si se trata de la verdad…”. Esa inquietante idea de que en los archivos no siempre tiene porqué residir la verdad. Ahí está la necesidad de contrastar la información a través de diferentes fuentes y por ello surge esa obsesión profesional que demuestra Pellegrini por contextualizar históricamente cada una de las afirmaciones contenidas en los papeles con los que trabaja.

Por otro lado, es muy significativo que a lo largo de la narración el conjunto de documentos sobre los que debe investigar la musicóloga nunca sea calificado como “archivo”, “fondo” o “colección”. Se alude a ellos como “papeles de Steffani” y, de hecho, es lo que son: un conjunto de papeles sin clasificación ni orden. En efecto, a través de las páginas de este libro se pueda verificar de una manera contundente la diferencia que existe entre un montón de papeles y un verdadero archivo. También resulta muy relevante que el único objetivo de la musicóloga sea investigar. Nunca accede a la documentación con la idea de organizarla. Por el contrario, mantiene una escrupulosa preocupación por respetar el orden hallado y muestra así su respeto hacia el trabajo que debe ser desarrollado por otros profesionales: los archiveros. Contrasta este hecho con lo que sucede en otras obras de ficción. Así, la protagonista de “Misión Olvido”, de María Dueñas, novela de la que nos ocupamos en otra ocasión, es profesora de universidad y al encargarle la organización de una colección documental introduce la temática como eje de su clasificación, hecho técnicamente erróneo que un archivero profesional no cometería. Frente a ello, la protagonista de “Las joyas del Paraíso”, es musicóloga y se dedica a su trabajo –investigar sobre su tema de estudio- sin invadir las parcelas de otros profesionales. Desde luego, hay que agradecer a Donna Leon esta muestra de respeto hacia el trabajo de los archiveros.

Venecia

Venecia, ciudad en la que se desarrolla la acción de “Las joyas del paraíso”

Guantes, manos limpias y lápiz: el respeto a los documentos
A lo largo de la narración, su autora, a través de la investigadora Pellegrini, demuestra un gran respeto hacia la documentación. Así, en el instante en que se dispone a acceder por primera vez a los papeles de Steffani, sorprende a los nerviosos descendientes: “…un momento –dijo- y se fue a su bolso, de donde sacó un par de guantes blancos de algodón, se lo spuso y volvió a abrir el baúl” (cap. 8, p. 94) Con toda probabilidad este acto no estaba exento de cierta protección personal frente a unos documentos desconocidos, pero con toda seguridad también es exponente de una práctica a través de la que se intenta salvar a los papeles de cualquier elemento extraño que pueda alterarlos.

Pero esa precavida actuación no queda ahí. Más adelante se afirma “…Catarina eran tan incapaz de utiliar un bolígrafo en una biblioteca como de hacer un agujero en un botre salvavidas…” (cap. 17), referencia más que evidente a esa norma -de únicamente permitir el uso de lápices- imperante en la mayoría de los centros en los que se custodia y consulta patrimonio documental.
En una tercera ocasión, Donna Leon dota de ese cariz respetuoso a su personaje. Así, Caterina Pellegrini, tras comerse una barrita energética piensa “…aunque había tenido la precaución de tocar únicamente el envoltorio y no la pegajosa barrita, se limpió las manos con el pañuelo…antes de regresar a su libro” (cap. 18)
La preocupación por tener las manos limpias, así como el empleo de guantes y lápices no son más que una muestra más que evidente del conocimiento que la autora posee sobre el trato que hay que dispensar al patrimonio documental, actitud muchas veces olvidada, incluso por aquellos que se llaman grandes investigadores.

El poder del mundo digital
No podemos abandonar el comentario sobre esta obra sin hacer referencia al papel que se le concede a Internet como medio a través del que acceder a los archivos. Frente al fichero1romanticismo del técnico de la Biblioteca Marciana que sigue confiando en aquel “…mueble de madera que le llegaba al hombro y cuya parte delantera estaba llena de pequeños cajones…un catálogo de fichas…” (cap. 10), se presenta a una investigadora que tiene en el ordenador a su mejor aliado. El envío y recepción de correos electrónicos, así como el acceso a los documentos digitalizados de diferentes archivos –como sucede con el Fondo Spiga (Archivo Histórico de Propaganda Fide, Roma) –, se erigen en los medios idóneos para avanzar en su investigación sin la necesidad de desplazarse físicamente a cada uno de los centros de documentación. Indudablemente Donna Leon demuestra una vez más que conoce el camino digital por el que discurre en la actualidad la difusión de los archivos.

En definitiva, “Las joyas del Paraíso” no es tan solo una novela de misterio y crimen escrita por una de las especialistas más destacadas en este género narrativo. Es también un interesante acercamiento al mundo de los archivos y de los documentos, poniendo sobre la mesa el valor que posee la información contenida en esos “papeles” del pasado como vehículo para conocer mejor nuestro presente y nuestros derechos.

“Las joyas del Paraíso” nos acerca la figura de un poco conocido Agostino Steffani. Su música nos ayudará a tener una imagen más completa del personaje. Las magníficas voces de Cecilia Bartoli y del contratenor Philippe Jaroussky convierten, tal como diría Caterina Pellegrini, en arte aquellos “pedazos de papel”

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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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