“El hereje”: los papeles de la Inquisición y la literatura (I)

Como ya hemos señalado en otras ocasiones la Historia ha sido a lo largo del tiempo una habitual fuente de inspiración para los escritores. Entre esos temas históricos el Santo Oficio puede ser considerado una constante, adquiriendo esta institución un gran desarrollo novelado. Así, obras como El último judío, escrita por Noah Gordon; El inquisidor, de Catherine Jinks; La gesta del marrano, de Marcos Aguinis; El escribano del secreto, de Joaquín Borrel; El médico hereje, de José Luis Corral o El hereje, de Miguel Delibes, entre otras muchas, son algunos de los títulos en los que el sacro tribunal se erige en uno de los temas centrales. Es precisamente a la última novela citada, El hereje, publicada en 1998 y considerada como la última gran novela salida de la inspiración de Miguel Delibes, a la que dedicaremos nuestra reflexión con la finalidad de verificar la presencia de la Inquisición y de sus documentos en la literatura.

el herejeEl hereje, cuyo argumento está inspirado en un hecho real sucedido en Valladolid entre los años 1558 y 1559, y cuyos datos pueden rastrearse en los archivos, presenta una acción -que transcurre de manera preferente en Castilla y específicamente en territorios vallisoletanos-, estructurada en tres partes o libros –Los primeros años, La herejía y El auto de fe-, composición tripartita a través de la que se advierte un incremento paulatino en la intensidad de los acontecimientos relatados. De esta manera, tras la presentación de los personajes (Los primeros años), sucede una profundización en el tema central (La herejía), concluyendo con el oscuro dramatismo del auto de fe.

En el XVI, siglo en el que transcurren los hechos narrados, fue cuando actuó con mayor rigor el Santo Oficio, puesto que era el momento en que se hacía más patente la expansión de las ideas heterodoxas. Especialmente Valladolid, sobre la base de las relaciones sostenidas con estados del norte y centro de Europa relacionadas con el comercio de la lana, suponía un área potencialmente sensible a la penetración de las nueva ideología luterana, razón por la que la vigilancia inquisitorial se hizo muy patente. No hay que olvidar que Valladolid era desde 1502, aunque con un precedente en 1488, la sede central de uno de los tribunales inquisitoriales de distrito, cuya amplia jurisdicción le concedía una enorme importancia en el contexto general de la institución. Ese poderoso tribunal adquiere un papel de primer orden en la novela, puesto que fue el órgano que asestó el golpe de gracia a los luteranos entre 1558 y 1559.

Por lo tanto, la presencia de la Inquisición en esta obra no es, en caso alguno, marginal. Desde las primeras páginas se convierte en un personaje central y clave. Por ello, el libro de Delibes –documentado de una manera rigurosa- se convierte en un fiel relato de los procedimientos y prácticas propias del Santo Oficio, manifestaciones que eran reflejadas sobre el papel en forma de documentos. Partiendo del texto novelado señalaremos algunos de esos datos que sirven para mostrar las características fundamentales en las que se basaba la acción de este órgano jurisdiccional:

“Cristóbal de Padilla –dijo- ha sido detenido anteayer en Zamora. Pedro Sotelo y su esposa Antonia Melo lo han denunciado al Santo Oficio con motivo del edicto anual. Está preso en la cárcel secreta de la Inquisición y no es fácil que se produzcan otras detenciones en tanto Padilla no sea interrogado” (p. 396, edición de 1999)
edicto de fe

Edicto de fe (1524). Archivo del Santo Oficio de Canarias. El Museo Canario (Las Palmas de Gran Canaria)

En este fragmento se nos presentan el edicto, la denuncia, la detención, el interrogatorio y la cárcel secreta, elementos que tienen siempre un reflejo documental, bien integrando procesos o bien –como en el caso de los edictos, vehículo a través del que se ponía en marcha la maquinaria inquisitorial- presentándose como documentos simples. Con un “Nos los inquisidores contra la herética pravedad y apostasía” se intitulaban estos escritos a través de los que los ciudadanos eran apelados a denunciar a todo el que fuera sospechoso de cometer un acto contrario a la fe. El edicto -generado por los inquisidores respondiendo a unas características y a una diplomática muy precisa y estable-, se erige en uno de los documentos clave en cualquier tribunal de distrito, desempeñando este mismo papel, como es lógico, también en el vallisoletano.

El prendimiento e ingreso en la cárcel secreta –reflejado en el auto de cárcel y acumulado al proceso- es otro de las temidas consecuencias de la acción inquisitorial, constituyendo una evidencia de la detención de los denunciados. Los presidios solían estar situados en las propias sedes del tribunal. Los reos eran incomunicados de una manera rápida con la finalidad de que no pudieran alertar a sus compañeros de herejía y para imposibilitar que pudieran urdir planes que desvirtuaran la realidad de los hechos de los que eran sospechosos. De ahí que, según las normas, las cárceles debieran garantizar la incomunicación entre los presos. De ahí que, volviendo a demostrar su labor de documentación, Delibes en su obra afirme:

“…Los muros y tabiques de la cárcel eran tan gruesos que, a través de ellos, no se filtraba el menor signo de vida de las celdas colindantes” (p. 424)

Sin embargo, tal como sucede en la novela, este aislamiento no era siempre posible: las cárceles eran pequeñas y los retenidos, cuando se hacían detenciones masivas como en el caso vallisoletano, muy numerosos:

“…Valdés no tuvo otro recurso que olvidarse de la incomunicación, encerrar a los reos de dos en dos, de tres en tres y, en el caso de las religiosas de Belén, hasta de cinco en cinco en una misma celda…” (pp-421-422)

Esto suponía un riesgo para el buen desarrollo del proceso puesto que hacía peligrar el sigilo con que eran llevados los asuntos inquisitoriales. No obstante, siempre se ponía especial cuidado en unir a los reclusos que menos relación habían tenido en el pasado, con la finalidad de que la familiaridad no entorpeciera aún más los procedimientos. Este es un hecho que también es aludido en el texto que analizamos, lo cual confirma el grado de documentación previa alcanzado por el autor para redactar su obra.

Por otro lado, y siguiendo con los procedimientos del Santo Oficio hay que señalar el papel que desempeñaba el tormento como medio a través del cual obtener la confesión de los reos. El tormento -descrito con cruenta minuciosidad en los documentos de la Inquisición- suponía someter al ajusticiado a la tortura física con el objetivo de que el insoportable dolor producido le hiciera confesar sus delitos y denunciar a otros herejes. En este sentido, Delibes, volviendo a demostrar el sustento histórico que subyace bajo su texto novelado, nos describe esta práctica de una manera muy similar a como eran recogida en los procesos archivados:

“El verdugo le desató de la garrucha y le ató por las cuatro extremidades a una especie de bastidor, donde cuatro tambores de hierro permitía, girándolos, tensar a voluntad el cuerpo del torturado. Durante las primera vueltas Cipriano casi sintió placer…(…)…Pero el verdugo, que no buscaba su placer, seguía girando el husillo hasta que el estiramiento de brazos y piernas alcanzó un punto doloroso…(…)…Era como si una fuerza abrumadora, lenta y creciente, intentara sacar las apófisis de los huesos de sus respectivas cavidades…” (pp.442-443)

Finalmente, sin duda alguna, uno de los actos mejor reflejados por Delibes en el libro que nos ocupa, lo constituye el auto de fe, momento culminante del proceso inquisitorial descrito en el texto. Una vez que concluían los trámites y era dictada la sentencia, que contenía el fallo y la pena impuesta, se procedía a la lectura de la misma. Ésta se podía realizar, dependiendo de la naturaleza y gravedad del delito probado, de manera pública en lo que se denominaba “auto de fe”, actos que se convertían en verdaderos acontecimientos populares. Fue durante el siglo XVI en el que más autos fueron puestos en práctica. No en vano, coincide con el período de tiempo en que la Inquisición actuó con más dureza y rigurosidad. Entre los más célebres y documentados se encuentran los incluidos por Delibes en su libro, celebrados en Valladolid en 1559, cuya relación la encontramos en códices conservados en la Biblioteca Nacional (Madrid). El primero de estos autos -celebrado en mayo- es descrito de manera pormenorizada en las páginas de El Hereje:

“…Era una ceremonia que, aunque escalofriante y atroz, iba degenerando en una tediosa rutina, apenas quebrada por los abucheos o aplausos con que el pueblo despedía a los reos condenados a muerte al reintegrarse al tabladillo…” (p. 477)

Los autos de fe –durante los que se leía y ejecutaba la sentencia en presencia de la muchedumbre convocada para tal fin- tenían un marcado objetivo ejemplarizante. Los reos eran sometidos a la vergüenza pública siendo amonestados por todos a su paso. Así los sufrieron, entre otros personajes de la novela, Francisco de Vivero, Pedro de Cazalla o fray Domingo de Rojas, tristes co-protagonistas de de este auto cuyos procesos podemos encontrar en el Archivo Histórico Nacional (INQUISICIÓN 5353, exp. 9, 2 y 16 respectivamente), poniéndose de manifiesto que la literatura, una vez más, ha encontrado en los archivos su fuente de inspiración. Los procesos, edictos, cartas, autos, diligencias, etc. generados por los diferentes distritos inquisitoriales han servido para reconstruir la Historia, pero también para animar la imaginación de los escritores.


Si quieres saber más sobre este auto de fe…
Álamo, María Ángeles: “Los autos de fe de Valladlid: religiosidad y espectáculo” , en Revista de Folklore, vol. 1, nº 1, 1981, pp. 17-25.
Alonso Burgos, Jesús: El luteranismo en Castilla en el siglo XVI: Autos de Fe de Valladolid de 21 de mayo y de 8 de octubre de 1559. Editorial Swan, San Lorenzo de El Escorial (Madrid), 1983
-: Auto de fe: Valladolid 1559. En La Luz, nº 1120, mayo 2009.

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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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