El deterioro de la memoria escrita (y VII): ¡un minuto y… a escena!

…Han pasado algunos meses. He permanecido mucho tiempo sin dar señales de vida. Para los que no me conozcan soy el folio 30 de un protocolo notarial. Pues eso… no he podido continuar contando mis vivencias como habitante de un archivo porque alguien tuvo la idea de solicitar el legajo al que pertenezco para mostrarlo en una exposición temporal. Es la primera vez que voy a abandonar el archivo. Lo reconozco: estoy un poco nervioso. Me limpiaron, embalaron cuidadosamente y transportaron hasta una sala de exposiciones donde coincidimos diversos documentos de diferentes archivos, compartiendo espacio durante varios meses expedientes eclesiásticos, documentos de la fé pública y algunos ejemplares procedentes de colecciones privadas.  Al poco tiempo de llegar a aquella sala, todos notamos que alrededor había mucho movimiento y ajetreo. Por lo que pude saber la inauguración de la muestra estaba cercana y, como suele ocurrir, todavía no estaban todos los detalles del montaje ultimados. Faltaban atriles y peanas y hasta que éstos no llegaran no podían comenzar a trabajar con nosotros y situarnos en el lugar que tenían asignados para cada uno. El protocolo en el que yo estaba inserto ocupaba un lugar especial en la exposición al contener el testamento de uno de los notarios que servía de eje central en el discurso expositivo. Por tanto, durante muchos días he permanecido primero descansando muy cómodamente en una caja estanca, y después dentro de una urna de cristal, como si de un escenario se tratara, ante la mirada atenta de todos los visitantes. Temía padecer claustrofobia, deshidratarme o perder mi consistencia, pero, para mi sorpresa, dentro de la vitrina se estaba muy bien. Aquellos conservadores habían hecho bien su trabajo.  No sufrí nada y mantuve mi estado intacto mientras duró aquella representación de la que mi protocolo era la estrella. Porque cada día cuando se encendían las luces, me sentía como ese actor al que invitaban a salir a escena…

La exhibición es quizás una de las formas de difusión más habitualmente empleadas  en los archivos, convirtiéndose en un medio a través del que atraer al público y a los usuarios a las instalaciones archivísicas. Sin duda, mostrar de manera adecuada un documento es una forma de crear interés hacia lo expuesto, aunque tal vez los archiveros tengamos la asignatura pendiente de concebir el archivo como un valor a exponer por sí mismo y no sujetarnos a temáticas históricas, biogafías de personajes o cualquier otro aspecto en el que se pueden incluir documentos como meras -aunque importantes- ilustraciones de historias conservadas en los archivos. En este sentido el planteamiento defendido por Jorge Blasco Gallardo -a quien he tenido la oportuinidad de escuchar en las Jornadas Archivando y que estará también presente en la edición de este año– la comparto y la creo muy acertada. Pero, de lo que no cabe la menor duda, es que para cualquier conservador, archivero o restaurador el montaje de una exposición -ya sea de temática archivística o histórica-  supone un período de estrés, sobre todo cuando ese profesional no es sólo encargado de tramitar un préstamo, sino que es el responsable de la muestra.

Exposición "Comparece: España. Una historia a través del notariado" (2012)

Exposición “Comparece: España. Una historia a través del notariado” (2012), organizada por Consejo General del Notariado Fundación Dos de Mayo, Nación y Libertad http://www.compareceespaña.es/exposicion

No obstante, a decir verdad, durante el montaje casi todo sale tal como se había planificado. Y digo “casi”, porque desafortunadamente algo siempre suele fallar: una pieza presenta un aspecto con el que no contábamos, las dimensiones de una peana no son las adecuadas, una cartela se estropea o un panel informativo ya impreso presenta una errata. Son eventualidades para las que debemos estar preparados, aunque nos sometan a una dosis de estrés extra.

Sin embargo, ¿quién repara en el estrés a que son sometidos los documentos que forman parte de la muestra? Sin duda los materiales que ilustran cada exposición son indiscutiblemente los que se exponen a una mayor presión, no sólo durante el transporte y montaje en sí mismos, sino, sobre todo, a lo largo del tiempo en que permanecen expuestos. Partimos de la idea de que la exposición que se organice ha de estar supeditada siempre al material expuesto. Nunca debería ser al contrario.  Un documento que no pueda ser exhibido -por su fragilidad, estado de conservación, especial sensibilidad a agentes externos, haber sido sometido a una exposición previa en un plazo de tiempo muy corto, etc.- no debe formar parte de la muestra. El sufrimiento que le podemos causar puede traer consigo una degradación indeseada y, finalmente, la destrucción. Siempre queda la opción de presentar una copia si el documento en cuestión es absolutamente necesario para entender el discurso expositivo.

En cualquier caso, evitar, en la medida de lo posilble, las situaciones desfavorables para la adecuada preservación de los ejemplares cedidos o expuestos, constituye uno de los elementos que debemos tomarnos muy en serio cuando un documento va a salir a la escena expositiva, siempre partiendo de la base de que se debería contar con un restaurador-conservador vinculado a cada exposición, ideal que, a decir verdad, no siempre se cumple. De este modo,  el cuidado del ambiente y del espacio precisos en el que va a permanecer  emplazada la pieza se erige en un elemento clave. Las memorias y proyectos previos necesarios en la tramitación de los préstamos han de prever este tipo de aspectos. Pero, del mismo modo, esa preocupación ha de estar presente desde el primer instante por parte del prestamista -el centro de archivo-  y ha de quedar reflejada en los formularios de préstamo en los que, algunas de sus secciones deben ser redactadas en forma de recomendaciones. En estas hojas de préstamo, no sólo han de ser recogidos los datos básicos de identificación y dimensiones de los ejemplares cedidos temporalmente -información relevante para la confección de cartelas y construcción de soportes- o el valor para el seguro -partiendo siempre de la idea de que lo que hace importante a un documento no es su valor monetario sino su carácter único e irremplazable-, sino que han de contar con apartados dedicados a valorar el estado de conservación y a recomendar -y exigir-  las condiciones en que el material ha ser expuesto. Desgracidamente la experiencia me ha enseñado que en la mayor parte de las ocasiones los comisarios y responsables de montajes no leen estas secciones de las hojas de préstamo, razón por la que pueden en un momento dado encontrarse con contratiempos fácilmente predecibles de haberlas tomado en consideración.

Existen diversos textos en los que podemos encontrar líneas generales sobre cómo exponer un documento entre las que se cuentan las de Arsenio Sánchez Hernampérez, conservador-restaurador de la Biblioteca Nacional, o las contenidas en la obra colectiva Exponer documentos. Diseño y producción de muestras documentales, estudio profesional editado por la Asociación de Archiveros de Castila y León (ACAL) en 2010.  En base a éstas, y como mínimo, la pieza necesitará una vitrina acondicionada para su exposición, algo ineludible cuando se trata de originales; habrá que tener en cuenta si estará expuesto cerrado o abierto con la finalidad de prever la necesidad de un sistema de sujeción de las páginas para no dañarlo cuando el ejemplar se exhibe desplegado;  habrá que tener especial cuidado en los soportes, puesto que habrá que indicar si es necesaria la elaboración de  atriles y peanas “personalizados” con el objetivo de controlar el efecto y presión que se ejercerá sobre los bordes y lomos de cada documento.

Por otro lado, un aspecto especialmente relevante cuando tenemos entre manos la exposición de material cuyo soporte es el papel, y más aún cuando éste se encuentra emulsionado, lo constituye la iluminación. La luz degrada el soporte, las tintas y las emulsiones fotográficas, desencadenando reacciones indeseables en los componentes del objeto expuesto. El calor y la luminosidad violentos decoloran y deshidratan el soporte, degradando asimismo las tintas. La iluminación indirecta, fría y no superior a 40-50 lux es la más recomendable, aunque siempre hay que hacer una valoración de cada documento, debiéndose reducir esta luminosidad si la realidad así lo requiere. Del mismo modo, en relación con la acción de la luz, se recomienda que el ejemplar no permanezca abierto por la misma página o folio durante el espacio de tiempo en que se desarrolle la exposición, ya que al variar la página se reduce el efecto nocivo que pueden causar los agentes externos y ambientales sobre la misma, contribuyéndose a la conservación integral de la pieza. No obstante, esta última recomendación suele ser ideal, puesto que habitualmente es un folio determinado el que interesa mostrar como apoyo al discurso expositivo, siendo casi siempre inviable cambiar el fiolio a lo largo de la exposición. Por rejemplo, si al organizador de la exposición le interesa un folio determinado del protocolo al que pertenece nuestro folio 30, muy probablemente rechazará la posibilidad de cambiar la página a lo largo de la muestra.

Códice Calixtino

Códice Calixtino

En definitiva, todos somos conscientes de la fragilidad del material del que somos responsables. Las recomendaciones están para tenerlas muy presentes en todo momento, sin olvidar las experiencias previas y el sentido común, que ha de permanecer siempre alerta.  A todos nos atrae la idea de que un documento -como nuestro folio 30 o como le sucedió al Codice Calixtino hace poco tiempo- se sienta como una estrella de cine y atraiga las miradas de todos los espectadores; pero la valoración de las posiblidades reales que cada ejemplar posee para ser expuesto, el estado de conservación que presenta, las condiciones ambientales en que se mostrará y el tiempo que permanecerá en la sala de exposiciones son variables que es necesario tener en cuenta. Es preferible que el documento brille menos, o que lo haga por menos tiempo, si así se grantiza su conservación.


Para saber más…
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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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2 respuestas a El deterioro de la memoria escrita (y VII): ¡un minuto y… a escena!

  1. Genial como siempre, Fernando.
    Un saludo,

  2. Pingback: Reflexiones sobre la exposición de documentos en papel | Exposiciones literarias

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