“La llave del destino”: el manuscrito tiene la clave

Un manuscrito, una abadía, una cueva prehistórica, unas sorprendentes pinturas rupestres, unas plantas, un gran secreto… son ingredientes que bien aglutinados pueden dar como resultado una novela en la que la intriga, el misterio y la historia sean los verdaderos ejes conductores. Glenn Cooper –autor también de “La biblioteca de los muertos” y “El libro de la almas”-, supo conjugar estos elementos en “La llave del destino” [“The Tenth Chamber”] (Grijalbo, 2012), ofreciéndonos una misteriosa acción protagonizada, entre otros, por el profesor y arqueólogo Luc Simard, el restaurador Hugo Pineau, la arqueóloga y especialista en botánica Sara Mallory, y por el abad cisterciense, Bernardo de Claraval, éste último uno de los personajes históricos que figura en la novela.
llave del destino Todos compartirán un espacio terreno común, el pueblo de Rouac, pero un espacio temporal diverso. Así, el pasado más remoto y el presente más cercano se dan cita en una obra narrativa que tiene como punto de partida y verdadero protagonista central a otra narración: un manuscrito medieval. Tres tiempos, tres historias y un solo espacio. La prehistoria, la edad media y el siglo XX confluyen en una fabulosa cueva enclavada en el Périgord (Francia)

I – El manuscrito: eje central de la narración
La primera aparición en escena del manuscrito está relacionada con un acontecimiento temido por cualquier bibliotecario o archivero: un incendio. Así, el primer capítulo del libro que nos ocupa se aproxima a lo que podría ser -en sentido figurado- un manual sobre patologías y restauración de obras sobre papel y pergamino. El fuego desencadenado en la biblioteca de la abadía de Rouac desató el consecuente caos siendo necesario incluso demoler una pared, derribo algo forzado pero necesario para el buen transcurso de la historia narrada. El resultado de aquel desconcierto no fue otro que una mezcla de hollín y agua, siendo el propio abad el que nos descubre un tercer elemento dañino: los hongos. Así, el superior de la abadía “…Se agachó para coger una Biblia empapada; el cartón y el cuero ya estaban impregnados del leve olor que desprenden los hongos…” (p. 10). Fuego, agua, hongos…la triada tan temida por los conservadores.
Entre todo aquel desorden apareció un manuscrito desconocido hasta el momento y que había permanecido escondido en el interior de la pared que los bomberos habían tenido que derribar para sofocar el incendio. A pesar de que “…La cubierta era un extraordinario ejemplo de artesanía en cuero, con un característico tono rojizo y, en el centro, una maravillosa representación de un santo ataviado con una túnica larga y suelta…”(…) “…El agua había convertido la superficie de las páginas y las tapas en algo tan pegajoso como si las hubieran untado con cola…” (p. 11) Entonces, al abad, aunque seguro que se reprimiría, le hubiera gustado gritar: ¡necesito un restaurador!… Éste aparecerá en escena sin dilación: Hugo Pineau. En breves párrafos este profesional describe el procedimiento ideal para el tratamiento de obras deterioradas por acción del agua: “…El mejor método para restaurar libros mojados consistía en congelarlos y luego someterlos a un proceso de liofilización en vacío y bajo unas condiciones controladas con sumo cuidado”. Dicho y hecho: el manuscrito fue restaurado presentando muy buen aspecto tras el proceso porque “…El cuero parecía más rojo y más lustroso que el día en que lo vio por primera vez en la abadía. El santo con halo de la cubierta tenía un aspecto más vivo y tridimensional. Los bullones de plata, las esquinas y las cabezadas junto a los cierres dobles habían recuperado parte de su brillo original. Y, por supuesto, el libro pesaba mucho menos ahora que estaba seco” (p.26) (1).
A partir de su hallazgo y restauración, el manuscrito –escrito en clave y profusamente ilustrado con imágenes zoomorfas, fitomorfas y seres humanos extraordinarios– se transformó en todo un símbolo a partir del que localizar el lugar en que se situaba una misteriosa cueva, así como desentrañar la enigmática existencia de los habitantes de un  pequeño pueblo, Rouac, situado supuestamente en el valle del Vézère, espacio célebre por la existencia en él de numerosos yacimientos arqueológicos.

II – El archivo y la investigación
La compleja investigación a la que debieron enfrentarse los protagonistas humanos de esta historia les llevaría no sólo a buscar un especialista en descodificar el latín cifrado en que se encontraba escrito el texto del manuscrito hallado en la pared, sino a visitar diversos archivos y museos en el intento de hallar alguna pista que les permitiera comprender mejor todo a lo que se estaban enfrentando. Fue un conjunto documental procedente del Museo de la resistencia Henri Queuille el que reveló algunas de las claves, a a pesar de que aún se mantenía desorganizado y en desorden porque, tal como afirma una de las trabajadoras “…aún no hemos tenido tiempo de ponernos manos a la obra…”. Memorandos de la guerra, recortes de periódico, fotografías en blanco y negro y diarios personales eran algunos de los materiales que integraban aquel fondo que, aunque todavía sin trabajar, ofrecía una rica información relacionada con la resistencia francesa durante la ocupación nazi.
Por lo tanto, Glenn Cooper en “La llave del destino”, además de mostrar el valor que poseen los fondos de archivo como punto de apoyo en la mayor parte de las investigaciones, presenta de manera paralela uno de los problemas habituales que presentan la mayor parte de los centros archivísticos: no contar con suficiente personal para hacer frente al ingente trabajo que supone organizar y describir la mayor parte de ellos, razón por la que muchos de las agrupaciones documentales no pueden ponerse en valor, restándose así posibilidades para la generación de nuevo conocimiento a partir de su consulta normalizada. Probablemente todos los archiveros reconocerán esta situación que, no obstante, no es tan bien comprendida por los investigadores o usuarios en general.

IIi – Las Cartas de Abelardo y Eloisa
No queremos abandonar esta reseña archivística de “La llave del destino”, sin hacer al menos una breve referencia a las “Cartas de Abelardo y Eloísa”, representación escrita del apasionado romance vivido por los religiosos Abelardo y Eloísa durante la Edad Media. Pero se preguntarán qué razón archivística me lleva a destacar estas “cartas”. Más allá del papel que desempeñan en la novela y de lo anecdótico de esta documentada, real y dramática relación amorosa entre un reputado teólogo, Pedro Abelardo –compañero de discusiones teológicas de Bernardo de Claraval en el libro que comentamos-, y la abadesa del monasterio de Paráclito, Eloísa, traemos a colación sus “cartas” porque es uno de los textos cuyo rastro puede seguirse en numerosos archivos y documentos inquisitoriales, puesto que fue prohibido por el Santo Oficio, dando origen a numerosas causas y otras tantas censuras entre finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX, es decir, en las últimas décadas de existencia del sacro tribunal. Así, a modo de ejemplo, podemos citar que en el archivo del Santo Oficio del distrito de Canarias, conservado en la Sociedad Científica El Museo Canario, fueron conocidas causas que, a pesar de que quedaron suspensas o sobreseídas, tenían como origen la tenencia ilícita del texto de las célebres cartas medievales, procesos que hoy pueden ser consultados rememorando así aquella trágica historia

Prehistoria, medievo, actualidad, resistencia francesa, II Guerra Mundial, restauradores, archiveros, religiosos, arqueólogos, manuscritos, cuevas, pinturas rupestres… estos múltiples personajes, los diversos estadios temporales en que desarrollan su existencia, los variados acontecimientos que jalonan sus vidas, animan un interesante relato que guarda un gran misterio que aglutina todo este aparente complejo escenario: un secreto al que no hemos hecho referencia explícita para que cada uno lo descubra leyendo “La llave del destino”.


(1) Sobre casos reales de efectos causados por el agua sobre los documentos recomiendo las experiencias de las restauradoras Berta Blasi y Rita Udina; y los acontecimientos producidos a raíz de una inudación en Tenerife, y en el depósito del archivo del Colegio de Arquitectos de Canarias, desastre en el que la gestión de la archivera Elisa Carballo Carrión fue crucial para la recuperación de la documentación.


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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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