El deterioro de la memoria escrita (VI): ¡Necesito un restaurador!

Para los que no se acuerden de mí, soy el folio 30 de una escritura de compraventa inserta en un protocolo notarial. He estado varias semanas sin poder contar mis vivencias porque me han trasladado al taller de restauración, ya que en breve formaré parte de una exposición temporal. Ahora –limpio y recuperado- ya he vuelto a mi estante. Yo he tenido mucha suerte porque mis patologías las ha tratado un verdadero restaurador utilizando para ello los procedimientos y protocolos adecuados que dicha disciplina requiere. Sin embargo,  debo confesar que al conocer la noticia de que debíamos ingresar en el taller todas las escrituras que formamos parte del protocolo nos pusimos a temblar, puesto que nos habían contado historias muy duras relacionadas con las estancias en esos hospitales para documentos. En unos casos nos asustaban los que afirmaban que a su regreso estaban peor que cuando se fueron. En otras ocasiones volvían con un aspecto irreconocible. Les  costaba reconocerse a sí mismos porque incluso su soporte producía un sonido y tenía una extura diferente a la original. En fin, cada uno tenía su historia que contar. Pero, francamente, a nosotros no nos sucedió nada de eso. Fuimos muy bien tratados y sólo intervinieron cuando era absolutamente necesario, razón por la que nuestro aspecto no varió demasiado. Además, oímos decir a los técnicos que casi todo era reversible y eso era una garantía.

El deterioro de documentos cuyo soporte es el papel constituye uno de los asuntos más complejos a los que ha de enferntarse cualquier archivero. Como custodios de la memoria resulta preocupante la degradación que experimentan muchos documentos a medida que pasa el tiempo. El primer impulso -que muchas veces es necesario autocontrolar- ante un documento mal conservado pasa por intentar “recuperar” con la mejor voluntad posible el desastre ante el que nos encontramos. Desgarros, roturas, mutilaciones, marcas de xilófagos, fragilidad, friabilidad, deshidratación, acidificación, tintas “asesinas”, etc., son algunas de las indeseables patologías que pueden aquejar un documento hasta el punto de poner en peligro la memoria que atesoran. Pero como digo, ese pirmer impulso hay que saber controlarlo, ya que muchas veces -la mayoría- no basta con la mejor voluntad. Ante todo porque un archivero que se precie que no tenga los conocimientos adecuados para realizar intervenciones de estas características -es decir, que no sea también restaurador- nunca ha de aventurarse a poner en marcha este tipo de procesos. El riesgo es muy elevado y, sobre todo, para ello están los restauradores, del mismo modo que para clasificar, ordenar y describir, entre otras cosas, estamos los archiveros. Porque sí, hay restauradores. Lo que no hay es presupuesto para emprender proyectos de restauración… pero ese es otro problema, muy grave, eso sí, pero que trataremos en otro momento.

¿Por qué hay que poner los documentos deteriorados en manos de restauradores? Fundamentalmente porque son los que están capacitados para efectuar los tratamientos que garanticen la perpetuidad del documento. Esto puede parecernos algo obvio, pero no siempre lo es, contándose con numerosos ejemplos de intervenciones deficientes que han contribuido -contrariando la motivación original- a acelerar el deterioro. Con mostrar dos  ejemplos de ello bastará para explicar lo que queremos decir:

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© Archivo de El Museo Canario

Son muchas las ocasiones -más que las deseadas- en que los soportes presentan una gran fragilidad al presentar pérdidas de soporte causadas por xilófagos. Esas típicas galerías construidas por las insaciables larvas recorren los documentos describiendo el periplo del animal, quebrando al mismo tiempo el estado de solidez original del papel.  Ante esta situación la actuación recomendable y responsable sería acudir al asesoramiento de un restaurador. Sin embargo, en muchas ocasiones -dependiendo de la pericia del archivero- se puede recurrir a las cintas adhesivas especialmente diseñadas para  este tipo de actuaciones (papel japonés autoadhesivo en tiras). Pero ¿qué sucede cuándo se emplea un material inadecuado? El empleo de cintas adhesivas convencionales ofrecería un resultado inicial aceptable y transparente. Pero, con el paso del tiempo ese adhesivo convencional se irá oscureciendo. Finalmente, la cinta caerá al degradarse la superficie adherente dejando en su lugar un rastro oscuro e inequívoco de que algo no se ha hecho bien. Así, el resultado final sería algo parecido a las imágenes que acompañan este texto.

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© Archivo de El Museo Canario

Por tanto, conocer cuál será el comportamiento futuro del material utilizado -así como su reversibilidad- cuando se interviene sobre un documento es una responsabilidad ineludible. Un ejemplo podríamos ilustrarlo con el siguiente documento:

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© Archivo de El Museo Canario

¿Por qué el recto y el vuelto de estos folios presenta una coloración diferenciada? En el pasado los soportes de este manuscrito debieron presentar presumiblemente una gran fragilidad. Sólo así puede entenderse que los vueltos de cada folio fueran consolidados adhiriéndoles un capa de papel “transparente”. Sí, aunque parezca mentira, era transparente en el momento de realizar la intervención. El paso del tiempo ha oxidado el pegamento empleado -lo que indica que la sustancia no era la más adecuada-, oscureciéndose el papel añadido. El resultado final es una superficie prácticamente ilegible, perdiéndose parte de la infomarción contenida en el documento, y rígida, característica ésta última que acrecienta la fragilidad del documento exponiéndose a roturas y grietas que degradarán a ún más el documento.

En definitiva, estos son sólo dos ejemplos de intervenciones deficientes que, en ningún caso podemos calificar de verdaderas restauraciones. A los archiveros se nos pide mucho en los últimos tiempos, como ya hemos señalado ya en otras ocasiones [¿Qué se espera hoy de los archiveros?]. Es verdad que podemos realizar pequeñas intervenciones, pero éstas no deben ir más allá de lo puramente necesario y como paso previo al trabajo que ha de realizar el restaurador. Lo importante es que cuando digamos ¡Necesito un restaurador! nuestra voz sea escuchada y los temidos presupuestos no supongan una barrera infranqueable entre el archivero y el restaurador. Sólo así podremos conservar nuestra memoria con las adecuadas garantías.

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Acerca de Fernando Betancor Pérez

Archivero (El Museo Canario), Licenciado en Documentación (UC3M), Especialista Universitario en Archivística (UNED), Licenciado en Geografía e Historia (ULL) Publicaciones
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3 respuestas a El deterioro de la memoria escrita (VI): ¡Necesito un restaurador!

  1. Muy buen post Fernando,

    Añadiría que hay un par de puntos básicos a la hora de enfocar cómo tratar las piezas:

    1) Hay que tener en cuenta el grado de intervención o, dicho de otro modo, hasta dónde se debe llegar restaurando (obviamente siempre respetando el original, eso no hace falta decirlo). No es lo mismo realizar una mínima intervención limpiando en superficie y reparando los desgarros potencialmente peligrosos para la pieza, que hacer una restauración en profundidad recuperando, por ejemplo, cada una de las pérdidas del papel… En realidad el último es un criterio puramente estético y eso variará muchísimo el coste de la restauración de una pieza.

    2) También debemos tener en cuenta que, si hablamos de la relación coste-cantidad no será lo mismo restaurar un documento que restaurar cien. Es como en todo: como más volumen haya más podrá ajustarse el coste unitario.

    Debemos, entre todos, aprender a gestionar eficaz y eficientemente los recursos destinados a las restauraciones para poder conservar más volumen documental.

    Un saludo,

    Berta Blasi
    http://www.bertablasi.com

    • Fernando Betancor Pérez dijo:

      Muchas gracias por el comentario. Siempre es muy necesario contar con las enseñanzas de una profesional en la materia.
      Un saludo

  2. Ver el celo y las marcas de adhesivo hacen que mis ojos de archivera lloren

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